Del desarrollo económico al desarrollo integral

El siglo 21 optó por una dimensión utilitarista de la vida y del saber, y por considerar la libertad y la autonomía de las personas como fundamentos de la vida personal y social, pero sin vínculo con la verdad, frente a la que hay un gran escepticismo. 

En el campo del desarrollo económico se han hecho grandes avances, qué duda cabe, sin embargo se relegó a un segundo plano la dimensión humana, social, ética y estética de éste. Este escenario ha llevado a que el ser humano esté cada vez más centrado en sí mismo, generando un verdadero culto al yo, lo que ha ido en desmedro del reconocimiento de la realidad y de principios, que rijan en la sociedad de carácter universal. Así, las discusiones se presentan más bien como una mera medición de fuerza o como expresiones no criticables de lo que se piensa, y no como una búsqueda sincera de la verdad. Ello ha llevado a que a veces la razón de la fuerza se imponga a la fuerza de la razón. 

Este nuevo ser que emerge se considera exclusivamente como titular de derechos, pero se olvida de su condición de creatura y que se debe a otros. Y ello implica deberes que no siempre se está dispuesto a asumir. 

Estos hechos han pauperizado la vida social, el trabajo y la vida familiar. El trabajo, lugar privilegiado para desarrollarse como personas y hacer un aporte a la sociedad se presenta como una mera mercancía que se transa en el mercado. La dimensión ética del trabajo en cuanto fuente de cooperación en la consecución del bien común, se percibe como un mero instrumento para competir. Ello ha implicado que la dimensión social del trabajo sea considerado pura retórica. 

Los signos de corrupción de los que hemos sido testigos en estos años confirman lo planteado. Este nuevo escenario de exigencia laboral ha llevado a que la familia se desintegre al punto que los jóvenes le reprochan a los adultos de que están y se sienten solos. Ello debe cuestionar el estilo de vida que se ha promovido y el modelo de país que se ha ido fraguando. Cuando la Iglesia sostiene que la clave de la cuestión social está en el trabajo y en la familia está diciendo que es en estas dimensiones de la vida humana desde donde el ser humano puede ser más él mismo y se puede comenzar a vislumbrar una sociedad más equitativa y fraterna. 

Las políticas públicas que vayan por esa senda van a encontrar eco. Para recuperar el inmenso valor que tiene la cosa pública y política y lograr mayor participación no es una cuestión de marketing sino que es una cuestión antropológica. Los ciudadanos piden a quien está llamado a velar por el bien común una propuesta que realmente toque el corazón de sus deseos y anhelos más profundo, que no son otros que amar y ser amado, formar una familia, tener un trabajo digno, vivir en paz y en armonía con los demás. Ello se va a lograr si las políticas públicas van por esa vía. Lamentablemente, así no ha sido y los resultados están a la vista. El giro que esperamos que todo el tejido social, privado y público gire en torno al hombre, a la mujer que encuentra su felicidad amando y trabajando. Además, ese es el camino, y no hay otro, para superar la pobreza que nos duele e interpela.