Inclusión educativa: simulación de victoria o percepción del fracaso

Desde la década de los 80, la conceptualización de inclusión educativa comienza a levantar un discurso transversal en muchos países acompañadas de normativas y directrices en varias organizaciones nacionales e internacionales. De alguna manera estas instituciones parecieran llegar a dar razón que somos una sociedad esencialmente diversa, y, asimismo, mandatan imperiosamente que esta diversidad sea atendida de manera equitativa, sin exclusiones y discriminaciones.

La pregunta que emerge de lo anterior, es ¿cuál ha sido el impacto de este llamado frente a un modelo social-educativo competitivo y cada vez más exigente? La propuesta de inclusión educativa ha tenido que convivir con reformas políticas, económicas, laborales, por mencionar algunas, sin llegar a una relación fructífera. De esta manera la inclusión educativa hoy tiene expresiones de formación y capacitación individual e iniciativas que no logran la robustez y madurez necesaria.

Las primeras propuestas tendientes a implementarla se trasladan a la década de los 80, pero se hizo más presente en los 90 debido a la intervención de organizaciones internacionales que promovían garantizar igualdad de derechos superando las desigualdades que hasta entonces habían impedido que millones de personas accedieran a ella. Muchas iniciativas posteriores reforzaron esta idea: “todo niño tiene características, intereses, habilidades y necesidades de aprendizaje únicos y se deben diseñar sistemas educativos, y se deben implementar programas educativos para tener en cuenta la gran diversidad de estas características y necesidades” (UNESCO).

Este documento sigue siendo referente en la actualidad, ayudando a reducir la exclusión y discriminación, no obstante han tenido que convivir con los principios de mercado de las políticas educativas. Es decir, se diseña un sistema que se adecua a todos y todas, pero a la vez se le exige ser eficaz, competitivo, exigente y que muestra importantes brechas de desigualdad.

El llamado es entonces a no conformarnos y promover, con algunas iniciativas, la apreciación de la diversidad para no simular una victoria y no percibir y constatar el fracaso. Los sistemas educativos evidencian barreras para la inclusión, a saber: evaluación habilidades que lo que mayoritariamente logran es la segregación y exclusión, cuestión que tiene consecuencias claramente negativas, esto porque es una realidad disfrazada y no está construyendo una educación realmente inclusiva que acepte al otro como otro real.

En síntesis, debemos trabajar por un modelo educativo diferente desde su base que nos lleve a pensar en el éxito y fracaso desde otra mirada, no analizarlo desde la perspectiva individual sino con una responsabilidad colectiva, comunitaria y transformadora.

Maite Otondo Briceño

Académica Facultad de Educación UCSC