Desperdicio de alimentos: una crisis ambiental y ética

Cada año se pierden toneladas de alimentos y comida preparada en el mundo, mientras millones de personas sufren de hambre. Junto a las políticas públicas que impulsa la ONU, las familias pueden contribuir a disminuir esta crisis con simples acciones.

Carolina Astudillo M.

Son las hojas de la ensalada que se van en la basura, es el pan tostado que nadie comió en el desayuno. Cada alimento que se pudrió antes de ser vendido, que venció en una bodega, o que terminó botado en casa, es parte de las 1.300 millones de toneladas que se pierden o desperdician cada año en el mundo.

Esta cifra refleja porqué la pérdida y desperdicios de alimentos es un tema de tal relevancia que tiene un tratamiento especial en la agencia de la Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y está considerado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), para garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles en la agenda mundial a 2030.

Según datos de la FAO, entre un cuarto y un tercio de los alimentos producidos para consumo humano cada año a nivel mundial se pierden –cuando la eliminación sucede entre la producción, almacenamiento y transporte-, o desperdician –durante la venta, servicios de alimentación o consumo-. Esto incluye el 30% de los cereales, cerca del 50% de raíces, frutas, hortalizas y semillas, 35% de los pescados, y el 20% de los lácteos y cárnicos. Con este total de comida, podrían alimentarse 2.000 millones de personas. A nivel nacional se estima un desperdicio de 63,3 kilos de pan al año por familia, lo que equivale a un 16,7% del consumo promedio de la población chilena. Asimismo, se estima que cada año se pierden 2,3 toneladas de arroz solo en el país.

Problema ambiental y social

El Reporte del Estado del Medio Ambiente de 2021 indica que el 58% de los residuos que llegan a los vertederos municipales corresponden a residuos orgánicos (principalmente alimentos), y que sólo el 1% de los residuos orgánicos son revalorizados en el país. 

La nutricionista y académica de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, Pamela Gómez, detalla que a nivel de consumo domiciliario, la Universidad de Talca realizó en 2011 el estudio “Cuanto alimento desperdician los chilenos”, que reveló que un 26% de las personas dice comprar más alimentos de los necesarios, y el 95% de los encuestados reveló que para ellos botar comida acumulada en el refrigerador es una práctica normal. De hecho, un tercio de ellos dijo que bota comida al menos una vez a la semana. Asimismo, citando cifras de Odepa Chile, indica que el tipo de comida que botamos los chilenos es en un 44,1% es comida preparada, el 24,4% es verduras y el 12,9% es pan. La principal razón para hacerlo, es que se olvidaron que la comida estaba ahí (57,6% de las personas encuestadas), y el 31,8% reconoció que pierde entre $6.000 y $10.000 al mes en comida que termina en la basura.  

En los países en que el control de residuos sólidos orgánicos no son prioridad para las políticas públicas, el destino final de las pérdidas y desperdicios alimentarios está en los vertederos, verdaderas “zonas de sacrificio”, territorialmente asociadas a los sectores más vulnerables de la población, a la pérdida de suelos aprovechables en vivienda o producción de alimentos, y a los riesgos de enfermedades infectocontagiosas por contaminación o plagas.

Como indica la nutricionista Marjorie Leyton, nutricionista docente de la carrera de Nutrición y Dietética en la Universidad San Sebastián sede Patagonia, el adecuado control de estas pérdidas y desperdicios “sería una forma potencial de paliar la inseguridad alimentaria, el hambre y la desnutrición”, que dado el contexto socioeconómico y político actual global son problemas preocupantes. 

Medidas globales

Marjorie Leyton está elaborando un proyecto de intervención-acción enfocado en educar a manipuladores sobre separación de residuos sólidos, como parte de su tesis de Magister de Gestión alimentaria en Servicios de alimentación y Nutrición. La profesional detalla que actualmente, la Inteligencia Artificial está entregando positivas oportunidades para controlar la pérdida de alimentos. Ejemplo de ello son sistemas de predicción de la demanda y herramientas que recolectan datos sobre los comportamientos de las personas en el consumo de alimentos en comercios, que permiten predecir lo que se necesitará para abastecer los requerimientos de los consumidores, y ajustar la compra, especialmente de frutas y verduras. 

La nutricionista Pamela Gómez, destaca una de las estrategias sociales más relevantes en el último tiempo, y que enfatiza el rol de los ciudadanos y su organización civil: los bancos de alimentos definidos como entidades sin ánimo de lucro que reciben y recogen alimentos excedentes de comercios, empresas o personas, para repartirlos entre las personas que los necesitan, a través de un proceso eficiente y trazable, logrando un modelo sostenible de triple impacto: social, medioambiental y económico.

Para los consumidores, indica a su vez Marjorie Leyton, se han desarrollado diversas aplicaciones para planificar las compras, e incluso refrigeradores inteligentes que avisan en el teléfono cuando hay alimentos próximos a vencer y cuando es necesario ir de compras. Otras innovaciones se han aplicado a una “agricultura inteligente”, con la digitalización de procesos productivos, el desarrollo de envases que alargan la vida útil de los alimentos como, empaques comestibles, envases activos o inteligentes, paquetes resellables, envases que evitan que queden restos de producto en su interior, y procesos de conservación como la congelación magnética protón que evita la perdida de propiedades organolépticas, entre otras.

Urgencias en el país

A nivel país, la urgencia en disminuir la pérdida y desperdicio de alimentos es importante ante una crisis social y económica. Actualmente existe el “Comité Nacional para la Prevención y Reducción de Pérdidas y Desperdicios Alimentarios” y una “Estrategia Nacional de Residuos orgánicos”, cuya meta es valorizar dos tercios de los residuos orgánicos de aquí a dos décadas, lo que es un punto de partida, pero el lento cambio cultural hace que la meta esté lejos de cumplirse.

A nivel nacional se estima un desperdicio de 63,3 kilos de pan al año por familia, lo que equivale a un 16,7% del consumo promedio de la población chilena. Asimismo, se estima que cada año se pierden 2,3 toneladas de arroz solo en el país.

Para Leyton, hay diversos aspectos en los que se debe avanzar. Uno de ellos es el legislar y desarrollar una política orientada específicamente a este problema, que “establezca claramente  para todos los productores, sectores de la industria y consumidores, la toma de medidas para evitar que se genere la pérdida o desperdicio de alimentos, a través de la prohibición de la eliminación de productos no comercializables pero aptos para el consumo humano, a través de la donación regulada a instituciones, la utilización para consumo animal o la producción de biomasa”, detalló.

Un segundo aspecto relevante es la revalorización de los residuos inevitables, a través del compostaje, vermicompostajes, producción de biogás, entre otras. “También es importante la organización, coordinación y participación de forma activa de actores públicos y privados, y también de la ciudadanía. En la actualidad la responsabilidad del manejo de los residuos sólidos recae en los municipios, y no siempre es una prioridad dentro de los planes de trabajo comunales. La basura y el tratamiento de residuos es un dolor de cabeza en muchas comunas del país, y en muchos casos la capacidad de poder concretar un apropiado tratamiento final de las pérdidas y desperdicios alimentarios queda en manos de algunas iniciativas particulares que pueden ser con o sin fines de lucro, pero que no dan abasto para contrarrestar realmente el problema” recalcó Marjorie Leyton.  

Otro aspecto importante es la educación de la ciudadanía, indica la nutricionista: “en nuestro país tenemos poco conocimiento sobre el manejo correcto de residuos y poca concientización sobre desperdicio alimentario, por tanto promover iniciativas que eduquen en diferentes espacios es muy importante”, lo que solo es posible, agrega, si existe un adecuado soporte de todos los actores involucrados.

Cómo contribuir desde casa

Planificar las comidas, para ajustar las compras, especialmente la de alimentos perecibles o de vida útil más breve, como frutas y verduras. Esto facilita comprar lo que realmente se necesita, evitando que los alimentos se deterioren antes de que lograr consumirlos. Si se compran más alimentos, buscar técnicas para aumentar la vida útil, como congelar o refrigerar, etc. Siempre consumir primero las frutas y verduras que estén más maduras o próximas a presentar daños.

Comprar frutas y verduras que se ven feas, pero están en buen estado. A menudo estas son las que terminan en la basura sólo por un aspecto estético.

Cocinar lo justo, si sobra comida congelar o refrigerar oportunamente para consumirla después. Si sobra algo, utilizarlo en otra preparación. Rescatar recetas de padres y abuelos, por ejemplo, el uso de tallos de acelga, que son deliciosos y nutritivos. La fruta madura es excelente para preparar jugos y batidos.

Servir porciones justas o reales, y reconocer lo que efectivamente se va a consumir.

Gestionar adecuadamente los alimentos almacenados en el refrigerador y despensa, revisar las fechas de vencimiento y siempre utilizar oportunamente aquellos que están próximos a vencer.

Respetar los alimentos, conocer la cadena de producción hace ser conscientes de todas las personas que fueron necesarias para que ese producto llegara a nuestra mesa.

Donar los alimentos que no serán consumidos, compartirlos con vecinos, amigos o quienes lo necesiten. No esperar a que se dañen para tirarlos a la basura.

Separar desperdicios inevitables de otros residuos sólidos para aprovecharlos en compostaje. Hay tutoriales en internet para armar la propia compostera en casa y aprovecharlo en la fertilización de plantas, o cultivar el propio huerto.