Mes de María: tiempo de gracia

El Mes de María es una de las experiencias religiosas más bellas y profundas de nuestro país. Nació probablemente en Italia en el siglo XVII y luego se expandió por Europa. En el hemisferio norte se celebra en mayo, el mes de la primavera, por la belleza de las flores que invita a que despierte lo mejor de nosotros, en la cercanía de quien es “bendita entre todas las mujeres”: buena época para orientar nuestras vidas en el seguimiento de Jesús.

Por Pbro. Pablo Aguilera L.

En Chile, el Mes de María surgió como una genial iniciativa de Mons. Joaquín Larraín G., Rector del Seminario Pontificio de Santiago. Él conoció esta tradición europea y quiso colocarla en nuestro país entre el 8 de noviembre y el 8 de diciembre de 1854, para preparar la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción que haría el Papa Pio IX en esa fecha de 1854. Ello hizo que coincidiera con nuestra primavera y tuviera una enorme acogida entre los católicos. Desde entonces el Mes de María marca el año pastoral chileno, como una época de profunda renovación de la vida cristiana.

Un gran amigo de Mons. Larraín, el sacerdote Rodolfo Vergara Antúnez, compuso una preciosa oración, cuya hermosa métrica y un profundo contenido hacen que se rece con gusto y se transmita de generación en generación. Es la que rezamos los católicos chilenos desde hace más de 160 años.

Ella, la mujer “llena de gracia” nos señala que en Cristo podemos ser personas nobles y buenas. Ella nos ayuda a reconquistar nuestra armonía interior mientras rezamos y vivimos lo que nos dice la oración del Mes: “Oh María, durante el bello mes que te está consagrado, todo resuena con tu nombre y alabanza…”

Amar a nuestra Madre

Los católicos desde niños siempre hemos sabido recurrir a nuestra Madre y, a veces, hemos ido por delante de los grandes dogmas marianos, porque hemos venerado a nuestra Madre santísima. Y el amor a María nos estimula a amar más a Jesús.

El dogma de la Inmaculada Concepción, es un dogma relativamente reciente (1854); sin embargo, la advocación de la Inmaculada Concepción, se ha vivido en la Iglesia desde muchos siglos antes. Por ejemplo, el Papa Pío IV creó nuestra Diócesis de la “Santísima Concepción” (se refiere a María) en 1563. Desde siglos antes, muchas ciudades y muchas iglesias, tienen el nombre de nuestra Madre Inmaculada ¿Por qué? Porque somos buenos hijos, la amamos y sabemos que tenemos esa Madre llena de Gracia.

Hay muchas maneras de mostrar nuestro cariño a la Virgen durante este Mes. Quiero sugerir tres: Primero, rezar con nuestras respectivas familias, o en la parroquia, o en nuestro lugar de trabajo las oraciones tradicionales del Mes de María. ¡Tantas generaciones de católicos chilenos las hemos rezado con afecto! ¡No están pasadas de moda! 

Segundo, podemos rezar junto a otros familiares o amigos el Santo Rosario. Es una oración que viene de la Edad Media. En 1208 la Madre de Dios, en persona, enseñó a Sto. Domingo de Guzmán a rezar el Rosario y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa para defender la Fe. En las apariciones marianas de los tiempos modernos, la Virgen ha dado una gran importancia a la recitación del Rosario. En Lourdes –año 1858- la Virgen no lo recomienda con palabras sino con el ejemplo. Cuenta la vidente, Santa Bernadette Soubirous, que la hermosa joven “tiene un Rosario en el brazo”, concretamente en el brazo derecho. Mientras la vidente reza el Rosario, la hermosa Señora desliza las cuentas sin mover los labios. La Virgen no recita el rosario porque, obviamente, no se reza a sí misma.

La Virgen en Fátima -año 1917- pide a los tres pastorcillos portugueses: “Quiero que reciten el Rosario todos los días para alcanzar la paz en el mundo y el fin de la guerra”.

Si lográramos mejorar algún aspecto de nuestra vida, entonces el Mes de María se convertirá en una devoción significativa para nuestro ser cristianos.

Esta antigua devoción debiera ser un distintivo de un buen católico, que sabe que tiene una Madre. No es solo una oración vocal. También podemos meditar las escenas que nos señalan cada uno de los veinte misterios, para aprender de la Señora. Explica Benedicto XVI: «María es una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo? Como creyente, que en la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama. Lo intuimos en sus gestos silenciosos que nos narran los relatos evangélicos de la infancia. Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos y lo hace presente a Jesús. Lo vemos en la humildad con que acepta ser como olvidada en el período de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar ahora una nueva familia y que la hora de la Madre llegará solamente en el momento de la cruz, que será la verdadera hora de Jesús. Entonces, cuando los discípulos hayan huido, Ella permanecerá al pie de la cruz. Más tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen en torno a Ella en espera del Espíritu Santo.» (Encíclica Deus Caritas est, nº 41).

En Latinoamérica tenemos el privilegio de haber tenido en México la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. ¿Qué le dice a San Juan Diego? “¿Acaso no soy tu Madre?” y eso también nos lo dice a nosotros. Por eso, cuando encontramos dificultades en la vida familiar, laboral; o que nos cuesta eliminar de nuestra vida algún defecto, algún pecado, recurrimos a Nuestra Señora: no nos faltará su auxilio. 

Tercera sugerencia. Las devociones marianas deben servir para mejorar algún aspecto de nuestra vida. Por eso le decimos cada día del Mes: “En este mes bendito, procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que te es tan querida, y con tu auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y esperanzados”. Si lográramos mejorar algún aspecto de nuestra vida, entonces el Mes de María se convertirá en una devoción significativa para nuestro ser cristianos.