La Navidad y la desafiante desnudez de Jesús

¿Cómo celebrar la Navidad en medio de una pandemia, de una crisis social, política y económica? Es la pregunta que el académico de la Facultad de Estudios Teológico y Filosofía, Dr. Juan Carlos Inostroza, intenta responder en este artículo de Diálogo.

La Navidad celebra el nacimiento de Jesús de Nazaret, el Salvador del mundo. Ésa es nuestra fe. Los cristianos no celebramos un amorfo “espíritu navideño”, tampoco un efímero “sentimiento de bondad” equivalente al dicho: “una golondrina no hace verano”. Como dice el evangelista Lucas: “Os anuncio una gran alegría: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Jesús nació desnudo y murió despojado de su túnica. 

Si miramos la desnudez de Jesús en toda su vida, desde su nacimiento en un pesebre hasta su muerte en la cruz romana, hemos de sentir “su mirada compasiva” que nos revela lo lejos que estamos de su talla, y nos llama a creer en Él y en la transformación que Él nos promete. Jesús es el hombre verdadero, ante Él, ante su honesta dignidad y su intacta integridad moral, siempre fiel a sí mismo y siempre compasivo, quedamos sin palabras, comprendemos que Jesús en su desnudez es más rico y generoso que cualquiera de nosotros pudiera llegar a serlo.

A lo largo de los tiempos, y también hoy, todos hemos tratado de “cubrir” esa desnudez de Jesús, taparla, quitarla de nuestros ojos, porque esa desnudez suya nos juzga. “Cubrir su desnudez” son nuestros intentos de domesticar a Jesús, de acomodarlo a nuestros valores e intereses, y así seguir “en la nuestra”, aparentando contar con Jesús, mientras mañosamente intentamos manipularlo. El poder político intenta siempre “revestirlo” de sus diversas ideologías, intenta utilizarlo para sus intereses políticos: De revolucionarios bolcheviques a demócratas, monárquicos y dictadores, todos han intentado “cubrir” la desnudez de Jesús de Nazaret queriendo utilizar “el poder de Dios” revelado en su cuerpo y en su sangre, en su humanidad. Y cuando ese intento de manipulación no les resulta, entonces lo crucifican una y otra vez en los predilectos de Dios: los pobres, los huérfanos, las viudas, los migrantes, los que huyen de la guerra y de la persecución.

La Navidad nos habla de igualdad que dignifica, Dios se hace igual a nosotros (menos en el pecado) y nos llama al vivir los valores del Reino que él promete: Reino de paz y justicia, reino de vida y verdad.

La desnudez de Jesús, en el pesebre y luego en la cruz, juzga el poder de este mundo y subvierte nuestros valores sociales y económicos. Esa desnudez desenmascara nuestra compulsiva ansia por acumular bienes y reconocimiento o “likes”; desenmascara la “positividad” de las redes, cuya lógica es “sonríe o muere”. La vida no es pura “positividad”. Esa “positividad” de las redes sociales es la que ya muchos expertos asocian con diversos grados de depresión y marcada frustración de sus usuarios. La “positividad” exigida por las redes crea “la obligación de ser/mostrarnos felices siempre”. La soledad, el dolor, la angustia y el sufrimiento personal, no tiene cabida en tal “positividad”. 

La desnudez de Jesús nos muestra nuestra humanidad en su sencilla condición y natural manifestación. La desnudez de Jesús no es el “vacío” de filosofías orientales ni la “ataraxia” de los griegos, esa tranquilidad “imperturbable” de epicúreos, estoicos y escépticos. La pena, el gozo, la ira y demás pasiones son parte de nuestra humanidad, y Jesús jamás las niega, jamás las anula, sino que las asume como parte esencial de nuestra corporal humanidad. El niño Jesús desnudo en el pesebre nos muestra cuán digno ha creado Dios nuestro cuerpo que le ha hecho también capaz de expresar materialmente Su Presencia de infinita bondad, su cercanía y su misericordia.

El niño Jesús desnudo en el pesebre nos muestra cuán digno ha creado Dios nuestro cuerpo que le ha hecho también capaz de expresar materialmente Su Presencia de infinita bondad, su cercanía y su misericordia.

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14) rezamos en la oración del “Ángelus”. Jesús de Nazaret nacido de mujer (Gal 4,5), su madre María. La encarnación es la humanidad histórica de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9). Jesús se identifica con nosotros en su humanidad, en su cuerpo: “Tuve hambre, estuve desnudo, en la cárcel… Lo que hicisteis con uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25, 31-46). Dios se ha hecho uno de nosotros para que nosotros entendamos cómo debemos relacionarnos los unos con los otros: como hermanos que se quieren y se cuidan. ¿Suena esto a una utopía romántica, un ideal ingenuo, una moral de débiles (como sugirió algún pensador)? Las culturas antiguas y las actuales admiran el poder de las bestias con su fuerza bruta y descomunal, cuanto más monstruosas mejor. Lo cierto es que dañar y matar puede cualquiera. Pilato dijo a Jesús: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para salvarte o para crucificarte?”  (Jn 19,10). Matar no expresa ningún poder. El único poder es el que puede dar vida, aquel que puede vivificar. Ése poder no lo tiene cualquiera.

¿Cómo celebrar la Navidad en medio de una pandemia, de una crisis social, política y económica? No “cubras” a Jesús, no ocultes su desnudez. ¿Buscas dignidad? Fíjate en la dignidad de Jesús desnudo ante el mundo. ¿Crees que es anacrónico, que no vale para hoy? Los “vestidos” se vuelven anacrónicos, la humanidad desnuda de Jesús es permanente y trasciende toda cultura y todo ropaje nuestro. Ante Jesús todos estamos “desnudos”, sin caretas, sin ropajes, y a pie. ¿Buscas igualdad social? La Navidad nos habla de igualdad que dignifica, Dios se hace igual a nosotros (menos en el pecado) y nos llama al vivir los valores del Reino que él promete: Reino de paz y justicia, reino de vida y verdad. ¿Buscas un modelo económico justo? La desnudez de Jesús te muestra a aquel que siendo rico se hizo pobre por nosotros (2 Cor 8,9) para que con su generosidad nosotros nos enriqueciéramos. 

No hay justicia sin generosidad, sin bondad, sin misericordia. ¿Por qué? Simplemente porque sería de hipócritas. Alguien dijo una vez: “Ojo por ojo (es decir justicia estricta) y todo el mundo terminará ciego”. ¿O acaso tú te crees un justo capaz de lanzar la primera piedra? 

Esta Navidad mira, párate a contemplar la desnudez de Jesús y cae en la cuenta de que ante Dios todos somos iguales e igualmente amados, somos sus hijos, y en cuanto hijos “ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, sino que todos somos uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). Hoy, como en Belén, en medio de las angustias y sufrimientos presentes, la alegría de la Iglesia, de los cristianos, quiere ser también el gozo de la humanidad: Nos ha sido dado un Salvador para el mundo, Jesús, alegrémonos y hagamos fiesta: ¡Feliz Navidad!