Tiempos de grandes definiciones

En este tiempo de grandes definiciones políticas que marcarán el rumbo del país, apreciamos con dolor e indignación que algunas de las más altas autoridades a nivel político, militar y policial están siendo investigados por actos de corrupción de toda índole. Aquello desmoraliza en lo más profundo a aquellas personas que de manera abnegada día a día se levantan en la mañana para obtener con su trabajo el pan de cada día. 

Duele que quienes juraron lealtad al país delante de la bandera y al ritmo de la canción nacional se vean envueltos en estos escándalos que dañan la fe pública. ¿En quién confiar?, se preguntan muchos delante a un proceso eleccionario que ha brillado por la ausencia de propuestas concretas y realizables que unan a los chilenos y por una gran cantidad de provocaciones inconducentes que exasperan más el ánimo de los chilenos. 

No es fácil hacerse un juicio sereno de este proceso marcado por la violencia, pero también por la flagrante indiferencia de aquellos que creen que nada va a cambiar, que todo va a seguir igual y que lo mejor que se puede hacer es “comer y beber que mañana moriremos” y encerrarse en sus propios barrios. 

Lo que está en juego en Chile en este momento es si estamos todos dispuestos a mirar nuestras propias vidas y ver si contribuye o no al bien común. Lo que está en juego en este momento es si queremos ser actores constructivos del futuro de nuestro país, aportando con las destrezas y habilidades que Dios nos ha regalado o meros actores pasivos, viendo cómo el árbol se comienza a secar, a dar menos frutos y posicionándose para caerse estrepitosamente. 

Será posible un gran acuerdo nacional donde le digamos un no rotundo a la violencia verbal, sicológica y física y comencemos a tratarnos como seres humanos. Si seguimos legitimando la violencia como método de acción política o social para obtener lo que queremos sólo engendraremos más violencia. Esa espiral se sabe cuando comienza, pero no cómo y cuándo termina. Además, nunca trae nada bueno. 

Invito a que cada uno nos hagamos un profundo examen de conciencia respecto de nuestras propias vidas y veamos con franqueza y sin miedos si somos constructores de la sociedad que le queremos dejar a las futuras generaciones o no. Ese es el dilema en este momento.