El mal de la indiferencia

La globalización de la indiferencia la vivimos a diario. Pareciera ser que no queremos ver ni oír lo que no nos gusta, lo que nos incomoda. Hacemos como si no estuviera, hasta que nos toca a nosotros vivirlo en carne propia.

La sociedad que hemos construido está compuesta por pequeños mundos aislados que no se conocen, que no se miran, que no se escuchan. Esta realidad se da a nivel de barrio, de colegios, de lugares de esparcimiento, y es insostenible porque es la negación misma del principio antropológico que sostiene que los seres humanos somos iguales en dignidad, somos parte de una comunidad y nos necesitamos mutuamente. Es doloroso ver como a todo nivel no se vive fraternalmente y menos solidariamente. 

El Papa Francisco ha repetido en una y mil ocasiones que la lucha declarada en contra de la pobreza, la marginación social y las injusticias que viven cada día los más desfavorecidos de la sociedad es la condición de posibilidad de un mundo más fraterno donde reine la justicia y la paz. Ello implica salir de uno mismo, ser capaz de renunciar a privilegios y entrar en la dinámica de la donación. Lo anterior exige tener claridad meridiana de que en las condiciones en la que nos encontramos la anhelada paz se ve cada vez más lejana. 

Es hoy que se nos exige pensar respecto de nuestra propia vida y analizar de qué manera puedo efectivamente contribuir a que el lugar que habitamos sea más amable. Ello implica renuncias, por cierto. 

No habrá cambios en la sociedad si no cambiamos cada uno de nosotros y ponemos efectivamente al ser humano en el centro de nuestras decisiones, sobre todo pensando en las futuras generaciones. 

Creo que estamos pagando un costo muy alto el haber pensado que el desarrollo económico es equivalente al progreso y al desarrollo integral. Ese sistema no funcionó porque dejó muchas personas en el camino y además generó mucha frustración que se ha canalizado en el uso y abuso de alcohol y droga, en una irresponsable automedicación y, además, en una red de corrupción donde el afán de dinero y poder fue uno de los motores que la movieron. 

No habrá cambios en la sociedad si no cambiamos cada uno de nosotros y ponemos efectivamente al ser humano en el centro de nuestras decisiones, sobre todo pensando en las futuras generaciones. 

El actuar del ser humano no es indiferente, toda acción tiene un impacto. Por ello es  importante pensar antes de actuar, hacerse ayudar, discernir, porque o sino puede ser demasiado tarde.