Monseñor Fernando Chomali: “Vine a servir, a entregar la vocación, los talentos, habilidades y destrezas que Dios me ha dado… y los defectos también”

Con ocasión de su décimo aniversario como arzobispo de Concepción, monseñor Fernando Chomali reflexionó sobre su laboral pastoral en esta arquidiócesis, las vulnerabilidades que ha dejado al descubierto la pandemia y el futuro del país. También compartió algunos recuerdos de su familia y de las enseñanzas que recibió de sus padres, hijos de inmigrantes.

Cecilia Díaz R.

Hace diez años monseñor Fernando Chomali Garib asumía como arzobispo de la Arquidiócesis de Concepción. Le correspondió iniciar su labor pastoral en esta zona cuando aún las huellas de dolor provocadas por el terremoto y tsunami de 2010 eran visibles en la población (decenas de templos y capillas en el suelo). Ahora, cuando conmemora una década en la capital penquista, enfrenta el sufrimiento que la crisis sanitaria, social y económica ha generado con mayor intensidad entre los más vulnerables.

Su compromiso se ha mantenido intacto durante estos años, así como lo expresó en su homilía en la Iglesia Catedral en mayo de 2011. “Estar cerca del sufriente está en la esencia de la vida de la Iglesia, y de no hacerlo faltaría gravemente a mis obligaciones como obispo y como cristiano”, dijo en esa oportunidad. A la vez que manifestó que asumía la misión, encomendada por el Santo Padre Benedicto XVI, con alegría, esperanza y gran optimismo, ingredientes esenciales para enfrentar las arduas tareas de este período.

En esta entrevista con Diálogo, abordó las alegrías, desafíos y logros de estos diez años, pero también -en un plano más personal- recordó a sus padres, hermanos, sobrinos y sobrinos nietos, una familia que ha debido postergar por una vocación que vive en plenitud hace ya 37 años.

Arquidiócesis histórica

Varias han sido las obras que monseñor ha liderado en Concepción como la Lavandería 21, la Cafetería 440, el Invernadero Simón de Cirene, una residencia universitaria, el albergue móvil La Misericordia, el Hogar de Acogida Pbro. Ángel Jiménez y un taller de ornamentos litúrgicos, además de la labor educativa a través de colegios y la Universidad Católica de la Santísima Concepción. Por supuesto también la labor pastoral, centro de su vida episcopal. 

– ¿Cuáles han sido sus mayores alegrías? 

– Sin duda la vida pastoral en su conjunto, la comunidad, el confirmar en la fe a muchas personas. También lo ha sido un tiempo muy marcado por la preocupación por los más necesitados y el fortalecimiento de los programas sociales en los más variados campos de la vida. Eso ha sido motivo de mucha oración, porque en todas esas obras he visto la mano de Dios. Nadie puede imaginar lo que implica levantar una obra social. Pero se puede y Dios va poniendo personas extraordinarias a la altura de aquello. La Iglesia de Concepción tiene mucho que mostrar. También es motivo de orgullo nuestra obra educativa en los colegios y la Universidad Católica de la Santísima Concepción. La vida parroquial es muy dinámica y hermosa.

– ¿Cuáles han sido los momentos más complejos que le ha correspondido vivir como arzobispo de Concepción?

– Ha habido momentos muy tensos, cuando hemos estado como mediadores en muchos conflictos sociales. No ha sido fácil generar espacios de diálogo. Ello debido a que vivimos en Chile mundos paralelos que no se encuentran, que no se conocen y luego me ha tocado sentarlos en una mesa. Pero sin duda lo que rompe el corazón y duele el alma es recibir denuncias de abuso por parte de clérigos. Llevar adelante los procesos para que salga a la luz la verdad es muy difícil y doloroso. Es un camino que hemos emprendido con determinación, porque, con claridad lo afirmo, no hay espacio en el sacerdocio para quien abusa.

El cariño en las parroquias y capillas, así como en los movimientos e instituciones educativas es real y se percibe. Pienso que los católicos sienten cariño y respeto por su arzobispo, sea quien sea”.

– ¿Se ha sentido acogido por los feligreses de la Arquidiócesis y por las instituciones de la región? 

– Por los feligreses, sin duda alguna. El cariño en las parroquias y capillas, así como en los movimientos e instituciones educativas es real y se percibe. Pienso que los católicos sienten cariño y respeto por su arzobispo, sea quien sea. Con las instituciones tenemos un trato muy cordial y de colaboración. Aunque tengo claro que nuestras tareas son distintas y que estamos en un país cada vez más secularizado. Pero para mí ello constituye un desafío, porque es en ese contexto donde estoy llamado a mostrar el rostro de Cristo, su enseñanza y la belleza de creer.

Monseñor, que hace diez años dijo que se sumaba a “una larga historia eclesial donde abnegados obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos, han participado dando lo mejor de sí para hacer presente el Evangelio de Jesucristo y el amor a Dios y al prójimo”, sigue valorando la relevancia histórica de esta arquidiócesis. “Tiene mucha historia y mucho carácter y siempre será un desafío para mí el comprenderla a cabalidad. Desde ese punto de vista tengo claro que para muchos puedo ser un afuerino más –de aquellos que llegan, están un tiempo y se van- y eso genera dolor y soledad, pero por otro lado tengo clara conciencia de que estoy aquí por una misión que me ha encomendado el Papa y que la acogida a mi persona en cuanto arzobispo es por medio de la fe de ser sucesor de los apóstoles”.

“Me preocupa la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como me preocupa la disminución de los matrimonios y de la natalidad. Es triste ver que detrás de todo esto hay desconfianza en el futuro y temor a comprometerse para toda la vida”.

Vínculos 

Por su labor pastoral, ha generado vínculos con diversas personas que valora y que le han permitido aunar voluntades para concretar obras en bien de grupos vulnerables.

– ¿Cómo ha sido su relación con las autoridades? 

– La verdad es que suelo tener relación más bien con las personas que con las instituciones. He conocido a personas muy notables. Lástima que las autoridades en general están de paso, porque dependen del gobierno del momento. Yo llegué el año 2011 y las autoridades, salvo algunas excepciones, han cambiado todas, y muchas varias veces. 

– Y, ¿con el mundo empresarial? 

– Creo que el encuentro con el mundo empresarial no ha sido todo lo cercano que hubiese querido. Pienso que la urgencia de la vida diaria en la empresa impide vínculos más cercanos. Aunque debo reconocer que fueron muy generosos en la visita del Papa Francisco y se organizaron de buena manera para que muchas personas pudiesen ir a estar con él en Temuco. Creo que muchos empresarios no comprenden en toda su realidad el valor de la dimensión espiritual en la vida de las personas y en el quehacer empresarial.

– Su preocupación por reconocer la dignidad de las personas con Síndrome de Down, ¿será su mayor legado en Concepción? 

– Pienso que ha sido un regalo de Dios haber perseverado en el camino de la inclusión. Pero no me gusta hablar de legado. Vine a servir, a entregar los talentos, habilidades y destrezas que Dios me ha dado -también los defectos, que son muchos-. La palabra legado me queda grande. Conozco mis limitaciones y mis múltiples falencias humanas. Pienso que las obras sociales son un impulso del Espíritu Santo que me anima mucho y que se posa en personas que comprenden su trascendencia y se comprometen decididamente.

– En esta década, ¿ha sentido frustración? ¿Por qué? 

– La verdad es que en mi vida siempre he tenido la sensación de que puedo hacer más, de que las cosas pueden ser mejor. Ello obviamente me produce la sensación de frustración y fracaso. Además, tengo una cierta tendencia a la melancolía que me lleva a una actitud reflexiva respecto de las situaciones de la vida. Pero debo reconocer que como nunca he sentido el peso de la responsabilidad y la he asumido de la mejor manera posible. En estos tiempos que nos ha tocado vivir, tan cambiantes, con tantas incertidumbres, tengo claridad de que corresponde tener el timón firme. Y desde ese punto de vista, me siento muy acompañado por los sacerdotes, diáconos, personas consagradas a la vida religiosa y muchos laicos cuya generosidad me admira. El Evangelio y la enseñanza de la Iglesia suplen con creces todas mis deficiencias. Yo soy un mensajero, no el mensaje. Creo que en la vida es imposible no sentir nostalgia por algo más que llene el corazón. Esa experiencia es común en los seres humanos que, en el fondo, es una búsqueda desesperada de Dios –que a veces cuesta reconocerlo-. 

“Muchos abrazos quedaron inconclusos con la pandemia”

La pandemia ha dejado una estela de dolor, muerte y sufrimiento, pero también ha sido la ocasión para que el ser humano muestre lo mejor de sí actuando con responsabilidad y entrega. Monseñor se refiere a las vivencias y retos de este período.

– ¿Considera que la pandemia ha dejado al descubierto el egoísmo humano? 

– Pienso que ha sacado lo mejor del ser humano y también sus deficiencias y pequeñeces. Quienes han cuidado a los enfermos y quienes prestan servicios exponiendo su propia vida merecen todo nuestro respeto y reconocimiento. Pero también ha habido personas que han demostrado un total desinterés por la comunidad transgrediendo olímpicamente la ley y siendo fuente de contagio. 

El arzobispo dice que “la pandemia nos ha mostrado que somos vulnerables, que nos necesitamos mutuamente y que nuestras acciones tienen implicancias en los demás. Desde el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad e indigencia frente a lo que nos va presentando la vida, podemos emprender un camino de mayor fraternidad. La pandemia me ha enseñado que el Estado por sí solo y el sistema económico no son capaces de llegar a los más pobres. En eso la Iglesia y tantas otras instituciones han dado ejemplo de amor, eficiencia y de conocimiento del país”.

– ¿Cuáles han sido sus mayores preocupaciones en este período? 

– Me duele la indolencia de muchas personas que actúan como si nada pasara y también la pérdida de muchos empleos que será lento volver a recuperar. Es un hecho que las pymes, los trabajadores independientes y quienes giran en torno a ellos están empobrecidos y que las grandes empresas y el sistema financiero han obtenido ganancias. Eso hace ver la desigualdad e inequidad que hay en Chile, que parte el alma y que nos obliga a trabajar para terminar con aquello.

– ¿Ha sentido desesperanza?

– Tengo esperanza. Es una virtud teologal. Lo que no tengo es optimismo absoluto, porque la herida que ha dejado la pandemia en todos los ámbitos de la vida humana no será fácil de sanar. Las secuelas van a perdurar por mucho tiempo.

– ¿Confía en que el difícil período deje aprendizajes en los seres humanos? 

– Dios nos ayude a ser más sabios, más austeros en el vivir, a valorar las pequeñas cosas que nos regala la vida día a día. Le pido a Dios que nos haga reconocer la importancia de las personas que tenemos a nuestro lado y les digamos cuanto las queremos y valoramos antes de que sea tarde. Muchos abrazos quedaron inconclusos con la pandemia.

“La pandemia me ha enseñado que el Estado por sí solo y el sistema económico no son capaces de llegar a los más pobres. En eso la Iglesia y tantas otras instituciones han dado ejemplo de amor, eficiencia y de conocimiento del país”.

“Más que el futuro, me preocupa el presente”

Sobre el presente y el futuro del país, monseñor también reflexionó en la entrevista con Diálogo.

– El país atraviesa por un difícil periodo, ¿le preocupa el futuro?

– Más que el futuro, me preocupa el presente. Veo a nivel mundial y a nivel nacional visiones sobre la realidad muy contrapuestas, pocos espacios de diálogo y la ausencia total de un proyecto común donde todos estén comprometidos. Una sociedad donde cada uno vela por sí mismo y cree que los demás deben estar a su disposición es una sociedad sin futuro, porque crecen los egos, las desigualdades y los más fuertes se imponen a los más débiles. Ello en algún momento lleva a la rebelión. Y es lo que estamos viendo en muchas partes del mundo. Mirar el presente con más detención y enmendar rumbos nos va a garantizar un futuro más promisorio.

– ¿Confía en el proceso constituyente? 

– Pienso que es una buena oportunidad para dibujar la carta de navegación que regirá la aventura de proyectar el país hacia adelante. Espero que su punto de partida sea la inalienable dignidad de todo ser humano desde el momento de la fecundación hasta la muerte natural y un respeto irrestricto hacia él. Espero que sea una constitución donde la auténtica libertad vaya de la mano con la verdad acerca de lo que el hombre es y, por supuesto, de su bien. 

– ¿Le inquieta la discusión sobre una ley que apruebe la eutanasia en Chile? 

– Me inquieta que situaciones tan complejas como puede ser una persona gravemente enferma, o una mujer que tiene un embarazo complejo, se resuelvan a través de un acto de violencia. La eutanasia y el aborto significan realizar una acción que implica terminar con una vida. Lo que esas personas requieren realmente es apoyo sicológico, espiritual y económico, cuidado, amor, pero nunca terminar con su vida. El aborto y la eutanasia de alguna manera nos están diciendo que las personas sanas y productivas son las que tienen derecho a vivir. Además de un errado concepto de la autonomía y la libertad. El talante de una sociedad se mide en la forma como trata a los más vulnerables.

– ¿Qué rol debería jugar la Iglesia Católica en el período que se avecina?

– La Iglesia seguirá haciendo lo que siempre ha hecho, evangelizar, anunciar la muerte y resurrección de Jesucristo y vivir las bienaventuranzas, lo que se traduce en un servicio comprometido y concreto hacia las personas que lo necesitan, porque en ellos está el mismo Jesucristo Nuestro Señor. La Iglesia es un misterio que remite al acto amoroso de Dios crearnos y de dar la vida por nosotros. Ese mensaje tiene grandes consecuencias para el ser humano, porque es capaz de responder de muy buena manera a sus grandes inquietudes y preguntas, como lo es el sentido de la vida, qué significan los demás, y qué pasa después de la muerte.

– ¿Le preocupa la disminución de las vocaciones sacerdotales? ¿A qué cree que se debe?

– Me preocupa la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como me preocupa la disminución de los matrimonios y de la natalidad. Es triste ver que detrás de todo esto hay desconfianza en el futuro y temor a comprometerse para toda la vida. La ausencia de vocaciones a la vida consagrada y al matrimonio es la consecuencia de un proceso evangelizador que no logró calar a las personas en lo más profundo de su ser. Estamos en presencia de una apostasía silenciosa y de un gris pragmatismo bastante generalizado que, sin duda, debe cuestionarnos profundamente. Sin buenos ejemplos no habrá matrimonios ni vocaciones.

“En mi casa nos enseñaron a dialogar y a esforzarnos”

En esta entrevista, monseñor Fernando Chomali hurgó en sus recuerdos más íntimos para hablar de su familia. De su rol de hijo, hermano y tío, y de las renuncias en favor de su vocación, un camino que tomó tras haber transitado por otras sendas.

Relata que son cinco hermanos, tres hombres y dos mujeres. Todos con actividades muy diferentes. “Uno es Ingeniero comercial, el otro abogado y diplomático. Mi hermana es médico y la otra profesora. Nos queremos y respetamos mucho. Tenemos intereses muy diversos. En mi casa nos enseñaron a dialogar y a esforzarnos. Mi papá, de 97 años, le dedicó su vida a la familia y a su profesión. Es cirujano dentista. Le dedicó su vida a la Universidad de Chile. Recuerdo hasta el día de hoy cuando lo nombraron profesor titular. Para un hijo de migrante sin duda que era un gran logro. Mi mamá se dedicó a la familia. Para ella su alegría era vernos contentos y realizados en lo que hacíamos. Ella celebraba todo lo que nos pasaba de bueno y sufría mucho cuando uno de nosotros estaba con problemas o triste”.

“Mi vida ha sido una búsqueda muy intensa de plenitud, de sentido de la vida que encontré en Cristo y en la Iglesia. Además, fue un proceso largo de discernimiento que, sumado al ejemplo de sacerdotes ejemplares, me llevaron a postular al Seminario. Me aceptaron y aquí estoy”.

– ¿Lo cuestionaron porque, después de haber estudiado Ingeniería Civil en la PUC, tomó el camino sacerdotal? 

– La verdad es que no me cuestionaron, porque sabían que mi rumbo no era la ingeniería. Me recibí, trabajé un tiempo, incursioné en la música por varios años en la escuela moderna de música y luego inicié la carrera de arquitectura, pero no prosperé. Mi vida ha sido una búsqueda muy intensa de plenitud, de sentido de la vida que encontré en Cristo y en la Iglesia. Además, fue un proceso largo de discernimiento que, sumado al ejemplo de sacerdotes ejemplares, me llevaron a postular al Seminario. Me aceptaron y aquí estoy. Ya han pasado 37 años desde que entré al Seminario y es como si fuese ayer.

– ¿Cómo ha sido la relación con sus hermanos y sobrinos? ¿Ha podido destinarles tiempo considerando sus intensas ocupaciones

– Lamentablemente a mi familia la veo muy poco desde que estoy en Concepción. Cuando puedo trato de ir a Santiago a ver a mi papá y siempre nos juntamos. Hoy el tema son los sobrinos y ahora los sobrinos nietos. Valoro que la vida de mis hermanos son sus hijos. Tengo trece sobrinos, once hombres y dos mujeres. Y hay de todo, desde un astrónomo y un ingeniero matemático, pasando por médico y varios ingenieros civiles y comerciales, hasta una sobrina numeraria.

– ¿Siente que su dedicación a la Iglesia le ha hecho perderse momentos familiares importantes

– Desde hace 37 años que no paso los momentos relevantes para toda familia junto a ellos. Pero sabía que sería así. Cuando pienso que es por los demás, me consuelo porque mi vocación lo exige. En tiempos normales suelo celebrar en torno a seis celebraciones de Navidad y después de la Misa de Navidad, llego a mi casa a poner un plato en el microonda. Ese momento siempre me ha hecho pensar mucho.

– Monseñor, usted ha cultivado tanto la escritura como la pintura, ¿qué significa el arte para usted? ¿le ayuda a enfrentar momentos difíciles? ¿dónde halla inspiración para crear? 

– Provengo de una familia que cultivó las artes con mucha fuerza. Mi papá fue un conocido coleccionista de pintura chilena y a los 65 años, cuando jubiló, comenzó a estudiar piano. Lindos recuerdos de los encuentros familiares en torno a la música y al arte.