Cuando la opinión desentendida se convierte en verdad

La bola de nieve es, si bien un cliché, la mejor manera de definir el impacto de las “opiniones” de los “opinólogos”: una aseveración con base infundada, en el medio adecuado, puede constituir rápidamente una verdad absoluta. 

Paulina Pérez D.

Expresar las ideas libremente es un derecho que no amerita análisis. Sin embargo, la discusión por estos días se ha trasladado más bien a la responsabilidad del opinante, y especialmente, a lo que esas opiniones saturadas de datos falsos y una gran carga emocional, generan en las sociedades. Las jerarquías, las instituciones y las propias autoridades se ven permanentemente cuestionadas, lo que obedece a un derecho de la democracia. Sin embargo, la ausencia de argumentos hace que, por un lado, se generen “ruidos” en torno a las discusiones. Y por otro, se instaure en la opinión pública una nebulosa que, sin dudas, crea una sensación de desconfianza generalizada.

“Pareciera que la “sociedad de los opinólogos”, hoy, va en paralelo con la cultura que han empujado las redes sociales: esto de hablar en corto, en cuña, la necesidad de empatizar con ciertas emociones, en una sociedad que desprestigia o se aleja de la racionalidad, es una fórmula de debate argumentativo”, señala Jaime Abedrapo Rojas, periodista y cientista político, doctor en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales (Instituto Universitario Ortega y Gasset, España). “Creo que esto ha sido pilar fundamental para incentivar y estimular el que más personas se tienten con “ganar fama”, en una sociedad más superficial, rápida, dinámica, en la que muchos lo hacen para darle sentido a sus profesiones, e incluso a sus propias vidas”, dice el también director de la Escuela de Gobierno de la Universidad San Sebastián, para analizar la génesis de la problemática.

“Yendo más en profundidad, el tener una lógica de relación mutua, y ganar fama, pareciera marcar la lógica de tener un espacio ganado en la sociedad y, como ciertamente es muy difícil mantenerse en temas de interés, hay una suerte de “adaptación” a los temas que están de moda, contingentes, en donde cualquier persona que considere que tiene un sentido común, o que empatiza y empalma con la percepción de las mayorías, nota en él el deseo de ser un “líder de opinión”. Es por eso que hay una suerte de “boom de opinólogos”, que no es tan reciente y que estamos viendo hace tiempo”, plantea.

“La sobrevaloración de opiniones tiene que ver con la cultura actual, de lo descartable, de lo rápido, de la comunicación breve, lo que es noticia hoy, mañana ya no lo será”, Jaime Abedrapo, periodista y cientista político.

Abedrapo percibe cierto peligro en este fenómeno. “Esto de alguna manera va en desmérito de quienes posiblemente puedan llevar tiempo de reflexión, de lectura, de debate, de coloquio. Ha penetrado todos los espacios de la vida moderna, y por cierto, la academia tampoco se ha visto vacunada de este fenómeno de los “opinólogos”. 

Sobrevaloración de conceptos

El doctor en Sociología por la Universidad de Barcelona, Luis Marcelo Silva Burgos, reflexiona sobre la problemática desde el concepto de la “sobrevaloración”, primero, de la información emocional. “Estamos insertos en sociedades altamente sensibles a los medios y a las informaciones superficiales, es decir, al titular de la noticia, no a la noticia completa, lo que nos crea una falsa ilusión de conocimiento de la realidad”, dice.

También esta sobrevaloración se relaciona con una “verdad personal” por sobre la información objetiva. “Muchas personas consideran que todo es subjetivo o relativo, lo que los lleva a pensar que todo puede ser leído a través de los sentidos, sin mediar ningún análisis crítico de aquello que se observa”, establece. Silva identifica una sobrevaloración por poseer información, conocimiento y saber. “Mientras la primera es accesible a todos, el conocimiento se logra mediante un método, habitualmente el científico, que en nuestra sociedad implica familiaridad con ideas, objetos o personas, lo que involucra una profundización en la información. Finalmente, el saber expresa conocimiento, pero también implica habilidades adquiridas”, agrega Silva. 

El sociólogo hace hincapié en una confusión habitual: mucha gente posee información (aunque no necesariamente analiza críticamente si es válida o no), pero cree que ello implica conocimiento. “Peor aún cree que ello implica saber, nada más alejado de la realidad”, advierte.

“Muchas personas consideran que todo es subjetivo o relativo, lo que los lleva a pensar que todo puede ser leído a través de los sentidos, sin mediar ningún análisis crítico de aquello que se observa”, Marcelo Silva, sociólogo USS.

Concluye el profesional indicando que, el último punto asociado a la “sobrevaloración”, es la contraposición que eventualmente puede llegar a existir entre el poder y el saber, señalando a este respecto que “un cuarto elemento se encuentra en que saber genera poder, pero poder no necesariamente genera saber. Este es un imperativo ético al que se encuentran ligadas las distintas disciplinas científicas, lo que obliga a que el conocimiento generado sea revisado bajo la probabilidad de ser cuestionado por los demás actores de la sociedad científica. Desde aquí que los hechos vistos desde la ciencia no emergen de la nada, sino desde un fundamento y una revisión sistemática del conocimiento alcanzado. Por ejemplo, en cuanto al Covid-19 sería imposible, e impensable, que un científico natural diga algo sin revisar previamente lo último que se sabe al respecto”, expresa.

Responsabilidad de los medios

Así como, en su momento, la creación de la imprenta (1440) dio lugar o permitió la difusión de ideas a un nivel más masivo, hoy son los modernos medios de comunicación, los que, sumado a las denominadas redes sociales, los que concentran las diferentes vertientes de opinión transformándose en los ejes principales de difusión de éstas. 

El periodista Gabriel Hernández Veloso, fundador del medio “El Contraste”, cuenta lo difícil que es lidiar con la realidad de los “opinólogos” en los propios medios de comunicación. “Al inicio del auge de las redes, eran opiniones, quejas, que quedaban “ahí”. Simplemente, se dejaba pasar ese tipo de comentarios o, dependiendo del contenido, se eliminaban, porque no eran un aporte. Normalmente apuntaban a que un periodista se sintiera “mal”, porque le criticaban alguna noticia, o le cuestionaran algún dato. Pero hoy día las personas refutan los contenidos, con información que no tienen fuentes, y ahí empieza el grave problema”, narra. La realidad del Covid, su “negacionismo”, la interpretación de las cifras, entre otros, son por estos días el principal “dolor de cabeza” del medio. “Son muchas especulaciones, no más que eso, pero la gente sí “lo compra”, dice.

¿Qué hacer? “Tratamos de no tomar en cuenta esos comentarios, o borrarlos, cuando son afirmaciones muy graves. Pero siempre tratamos de mantener, o respetar, la opinión que pueda tener cada persona. Y, para clarificar a toda la opinión pública, le contestamos a veces con datos, o tratamos de clarificar la información, o entregarles alguna herramienta para que puedan entender. Lamentablemente, hoy las personas están tan ciegas, y tan desconfiadas del mundo, que prefiere creer en estas cosas que encontraron en cualquier lado, ante que a los medios o a la gente profesional que se dedica a entregar información de los distintos rubros”, afirma.

El periodista puntualiza que el gran enemigo de toda la información son los medios informales, “grupos de Facebook que se crean en distintas ciudades y que generan un gran perjuicio, confundiendo y desorientado a la gente en vez de ser un aporte. Como medio es una batalla permanente, complicada, que a veces agota un poco”, establece Gabriel Hernández.

“La sobrevaloración de opiniones tiene que ver con la cultura actual, de lo descartable, de lo rápido, de la comunicación breve, lo que es noticia hoy, mañana ya no lo será”, retoma Jaime Abedrapo, académico de la USS. “Algunos, para la sobrevivencia de su espacio de influencia, de su espacio de reconocimiento, van ampliando transversalmente sus opiniones a mundos distintos. Por ejemplo, vemos como muchos periodistas deportivos pasan a ser “anclas” en los medios de comunicación, hablando prácticamente de todo. Ese es un buen ejemplo para entender el fenómeno que estamos viviendo”, concluye.