Porfiados

Las muertes por Covid 19 en el mundo siguen aumentando y la pandemia parece nunca acabar. Por si fuera poco, los detenidos por fiestas clandestinas e infracciones a la salud siguen creciendo al mismo ritmo. ¿Qué nos pasa?

Rocío Ramos S. 

El 3 de marzo se cumplió un año desde que el temido virus que estaba volviendo de cabeza al continente asiático y luego al europeo, aterrizó en Chile. Desde entonces las noticias que eran parte de la sección internacional se volvieron nacionales, y cualquier agenda o tema que preocupaba a Chile se convirtió en un personaje secundario, ya que la peor pandemia de los tiempos modernos estaba ahora en territorio nacional.

Desde entonces las cifras de contagiados y fallecidos ha sido una constante diaria en las noticias. Hoy en día, se estima que una persona muere cada 15 minutos en Chile producto del coronavirus, y según el último registro del Minsal, desde que comenzó la pandemia, ya son más de 24.300 los connacionales que han perdido la vida por culpa del virus. 

Pero estas no son las únicas cifras que van aumentando, también lo hacen las de personas detenidas por delitos contra la salud. Para el fin de semana santo, Carabineros registró un récord de más de 11 mil personas que infringieron las medidas de restrición, además se reportaron 27 fiestas clandestinas a lo largo del territorio nacional. 

“Yo me cuido a mi manera”, “yo no le hago daño nadie”, “no es para tanto”, son tipos de pensamientos que priman por sobre todo buen razonamiento y reina la individualidad, perdiendo todo sentido de interrelación social y haciendo olvidar, que como por efecto dominó, lo que hace uno, nos puede terminar afectando a muchos. 

Si cada día se registran más personas que mueren producto de la pandemia, ¿por qué las personas no hacen caso a las normativas y siguen exponiendo sus vidas y la de los demás?  Según Ethelyn Pinto, psicóloga y magister en neuropsicología, existen pocas certezas respecto a esto, pero si varias hipótesis. Una de ellas tiene relación con la falta de credibilidad en las autoridades, lo que genera incertidumbre y aumenta la ansiedad. Para la regulación de estas emociones, se suelen establecer pensamientos irracionales que justifiquen el actuar individualmente y sin sentido de colectividad. 

Esto deja de lado la ocupación por el bien común, como por ejemplo: “yo me cuido a mi manera”, “yo no le hago daño nadie”, “otros no se cuidan y yo tengo que restringirme”, “no es para tanto”, “estoy harto de que controlen mi libertad“. Este tipo de pensamiento priman por sobre todo buen razonamiento y reina la individualidad, perdiendo de esta forma todo sentido de interrelación social y haciendo olvidar, que como por efecto dominó, lo que hace uno, nos puede terminar afectando a muchos. 

Aprendizaje, creencias y miedo 

Un estudio realizado por profesionales del área de la salud mental de las Universidades Católica del Norte y de Tarapacá, analizó el comportamientos e implicancías de la pandemia en la salud mental de las personas. El estudio dice que, la evidencia muestra que los mecanismos por los cuales adquirimos, mantenemos y eliminamos nuestros comportamientos son principalmente por medio del aprendizaje, por ende, los comportamientos involucrados en los procesos de salud y enfermedad responden a los mismos mecanismos. De esta forma, el pasar de una condición de ausencia de enfermedad a estar enfermo e incluso el éxito o no del tratamiento estará determinado por nuestras creencias, emociones y finalmente nuestro comportamiento pro o riesgoso para la salud.

En el caso de la pandemia generada por el Covid-19, la evidencia ha mostrado que, independiente de la etapa de exposición al virus en que pueda estar una persona, ya sea en cuarentena, al haber estado expuesta, en aislamiento, al ya estar infectada, bajo una situación preventiva de distanciamiento social, o bien post alta del virus, todas las medidas preventivas sugeridas incorporan medidas comportamentales.

Esto quiere decir, que al tratarse esto de un fenómeno nuevo para la sociedad y que no está interiorizado como parte del comportamiento habitual, es algo que cuesta entender, aceptar y respetar. Esto se ve acrecentado por el indivualismo y también por la baja percepción de peligro, es decir, que si las personas no han visto desde cerca la enfermedad o no han tenido pérdidas que lamentar en su entorno cercano, tienen una percepción más lejana que incluso puede generar incredulidad. 

Según Ethelyn Pinto, es complejo que la actitud de las personas en nuestro país cambie en el corto plazo. Especialmente en los jóvenes, quienes aparentemente son el rango etário que más defraudado se siente de las autoridades, y además tienen acceso a la movilidad (a diferencia de los niños y adultos mayores), y deciden hacer catarsis de sus ansiedades por las medidas impuestas, desde el desafío y la búsqueda del placer inmediato. Esto, porque al generar más adrenalina, equilibran momentáneamente sus estados ansiosos-depresivos, además ello les permite un contexto que favorece el exceso de alcohol y alguna sustancia, elevando sus niveles de euforia y reduciendo los malestares diarios de los confinamientos.

Todos, dice la experta, estamos siendo afectados psiquicamente por la incertidumbre, el miedo, la soledad, el abuso de las pantallas, la falta de interacción con otros significativos, y la interrupción de las dinámicas normales de funcionamiento. El comienzo de los procesos de vacunación en febrero, dieron un hálito de esperanza, pero se desvaneció rápidamente frente a la ola de contagios desmedida en marzo.