La naturaleza humana

Hay personas que, aunque vean con sus propios ojos el drama de los sistemas de salud colapsados, el esfuerzo heroico del personal de salud, el dolor que significa la pérdida de una vida humana, van a reincidir.

La pandemia nos ha permitido conocer la naturaleza humana tal cual es. A pesar de que se ha hecho ver hasta el hartazgo que hay un vínculo entre los encuentros físicos y el contagio, muchas personas siguen reuniéndose y aglomerándose, obviando el sentido común, las instrucciones de la autoridad y  violando la ley. 

Su única preocupación es que “no los pillen”. Cuantas veces habrán repetido “no se lo cuentes a nadie”, “lo importante es que no se sepa”, “muchos lo hacen”. Es doloroso apreciar como hacen oídos sordos al drama de tantas personas que lloran a sus muertos, que no tienen como salir a trabajar, que están sumidos en la más absoluta indefensión frente a un virus que se hace sentir con fuerza. Su indiferencia duele.

De forma lamentable están a la orden del día las fiestas clandestinas, las carreras de todo tipo y los encuentros expresamente prohibidos. Algunos han falsificado salvoconductos, otros salen con permisos de trabajo de empresas a las cuales no pertenecen. Hasta en maleteros de autos algunos han pretendido pasar los controles. 

Estos hechos me recuerdan el relato del Génesis sobre Adán y Eva. Se les prometió ser Dios: “Seréis como Dios”, les dijo la serpiente de manera astuta y seductora. No resistieron frente a esa promesa. La tentación de traspasar los límites fue grande. Y quien se cree Dios, se sitúa por sobre la ley y termina viviendo literalmente “sin ley ni Dios”. Luego, la historia se repite: algunos le echan la culpa a los demás, otros se esconden o arrancan. ¡Qué vigente el relato bíblico!

Detrás de todos estos hechos, que sólo agravan la pandemia y suman más muerte y dolor, hay una gran incapacidad de reconocerse como parte de una comunidad. Que profético el verso de Vicente Huidobro “estamos cosidos a la misma estrella”. El amor por los demás es el gran ausente en estos momentos. Además, se percibe una conciencia claramente errónea al no ponderar adecuadamente las consecuencias que implica cada acto. En una sociedad tan individualista como la que hemos construido esta verdad forma parte del pasado. Algunos lo más probable es que tengan ignorancia invencible. En efecto, hay personas que, aunque vean con sus propios ojos el drama de los sistemas de salud colapsados, el esfuerzo heroico del personal de salud, el dolor que significa la pérdida de una vida humana, van a reincidir. ¿Por qué? Porque están convencidos que sus deseos, gustos y pulsiones son más importantes que el bien común. La ausencia de referentes más allá de sí mismos, los lleva a vivir como si su existencia adquiriera pleno sentido en medio de un eterno “pan y circo”. 

Sin duda que hemos de cuestionar  la educación que por décadas se ha ido entregando en el país, así como el valor que se le ha atribuido el saberse parte de un todo, que, por definición es más que las partes. El bien común, el sentido de pertenencia, la responsabilidad personal en aras de los demás,  la necesidad de promover el bien posible y nunca dañar, la comprensión de la libertad como una realidad que sólo se entiende junto a la verdad y el bien, son materias que no han sido parte de los programas de estudio ni de reflexión en el seno de las familias.

La situación sanitaria es compleja y grave. Y lo seguirá siendo si no somos respetuosos de la ley y de las recomendaciones que los expertos nos dan. Las autoridades sanitarias han creado un conjunto de normas, que obviamente restringen nuestras libertades, pero que su único fin es ayudarnos a salir de esta catástrofe. Seguirlas es imperativo.