Hijos sobreprotegidos: Contradictorio “amor” que ahoga

“Disponer” del presente y del futuro de los hijos, anulando su voluntad y talentos, ignorando realmente quiénes son: cuidados erráticos que, a lo largo de la vida, pueden resultar contraproducentes y lesivos… dañando precisamente aquello que se buscó proteger.

Paulina Pérez D. 

Mario tiene hoy 54 años y sus recuerdos de infancia se reducen particularmente a dos: su enfermedad crónica, y las atenciones de su madre. Eternamente agradecido de cientos de cuidados, antes de la adolescencia disfrutó de que ella le “armara la vida”. Le hacía las tareas, reforzamiento de clases (no siendo profesora), lo medicamentaba, llevaba al médico… controlaba cada aspecto de su día a día. Sin embargo, al crecer, Mario se fue dando cuenta (por primera vez) de que su crianza era muy diferente a la de los otros niños. Su madre elegía cómo debía verse, con quiénes juntarse y a quiénes dejar “de lado”; qué deporte practicar, qué leer, qué películas disfrutar e incluso, la música a oír. Basada en que “podía volver a enfermar”, se reunió prácticamente con todos sus profesores, para que la apoyasen en el aula, y en casa, el resto de la familia (un hermano menor, criado con un poco más de libertades, y un padre físicamente ausente por motivos laborales) fue aleccionada para “obedecer” y “denunciar” cualquier “rebelión”. 

“Aún siento deseos de que ella interceda por mí, en situaciones laborales, cuando tengo desencuentros con amigos o con mi pareja”, recuerda hoy Mario quien, pese a los disgustos, angustias y hasta “vergüenzas” experimentadas, no sólo “perdonó” las conductas enfermizas y exageradas de su mamá, sino que asistió, por años, a terapia, para manejar sus inseguridades y baja tolerancia a la frustración, y sobre todo para “comprender” y “perdonar” a su madre. “Ella temía que la enfermedad me volviese física y emocionalmente frágil. Y sin quererlo, ella hizo de mí una persona débil, que sólo con terapia se ha podido superar. Y no del todo”, se sincera. Su reciente paternidad resultó muy sanadora, porque ha podido advertir, empíricamente, lo difícil que es respetar la delgada línea que divide a la sobreprotección del sano cuidado de los padres a sus niños.

Cuidar, no asfixiar

La psicóloga Ivonne Maldonado Martínez, directora de carrera de Psicología de la Universidad de Las Américas sede Concepción, expone que no existe una sola razón que lleve a los padres a sobreproteger a sus hijos, “no obstante, podemos encontrar algunas variables que influyen en esta conducta. En ocasiones las experiencias traumáticas vividas en la infancia potencian miedos, temores y angustias que anidan la necesidad de evitar el dolor en sus hijos e hijas, intentando construir una barrera invisible frente a los obstáculos o dificultades que el diario vivir contempla”, dice.

Por otro lado, existe también la posibilidad de que, en forma inconsciente, se repitan los mismos estilos de crianza de los propios padres, trayendo al presente estrategias, recursos, y formas de actuar que no son funcionales, sin darse cuenta de aquello, “lo que obviamente impide el cambio. Aunque otras personas se lo señalen con hechos concretos”, dice Maldonado, quien también es magíster en Familia y Sociedad.

Ivonne Maldonado, psicóloga UDLA.

Con ella concuerda la psicóloga Javiera Hernández Fernández, académica y coordinadora de Formación Integral de la Universidad San Sebastián Concepción. “Los hijos de padres sobreprotectores tienden a repetir ese modelo, pero también hay padres que, por carencia de afecto, se van al extremo del cuidado. También las parejas que adoptan buscan compensar la falta cariño y aceptación al tener a ese hijo. Y padres de edad avanzada, que tienen un único hijo, en el que depositan sus esperanzas y expectativas”, profundiza la profesional, quien además es magíster en Desarrollo Organizacional y Recursos Humanos. Añade otras situaciones, como padres que han perdido un hijo (en el vientre materno, o nacido), y parejas que temen del entorno, al que interpretan como cada día más hostil, y desconfían de lo que les pueda suceder a su prole en su adultez, lejos hogar. “Esto igual puede asociarse a figuras autoritarias, rígidas en los permisos, que no permiten que los hijos exploren en contextos sociales diversos”, asevera.

Pero también hay casos en los que los padres, más que sobreproteger a sus hijos, luchan por “instalarles” un presente determinado, para asegurar un futuro preciso. Basta con recordar el caso de soborno de apoderados a universidades estadounidenses para que fuesen integrados a prestigiosas casas de estudios, adulterando el proceso de selección de ingreso, que desembocó incluso en un chileno detenido, el empresario Agustín Huneeus, condenado a cinco meses de prisión y otras penas menores. No es poco frecuente que muchas familias opten por un determinado colegio para sus retoños, no sólo por la calidad de su educación sino por el círculo social en el que se verán inmersos, en muchos casos, de segmentos “superiores” al del propio hogar, una decisión tomada en forma estratégica y calculada y como una forma de asegurar un “estatus” superior al propio para su descendencia.

¿Por qué no es buena la sobreprotección?

“Hay ocasiones en que papás, que no tuvieron cuidadores cercanos y cariñosos, temen no ser lo que sus hijos demandan. Otro temor lo experimentan aquellos progenitores que ven a los hijos como una extensión propia, y les llena de angustia verlos crecer e independizarse”, sostiene Javiera Hernández. La psicóloga es enfática en recordar que los padres son imprescindibles para los hijos en la primera infancia, y que luego de los 6 años van haciendo más autónomos, con la escolarización formal. Ese es un duelo que muchos padres experimentan, por lo que “al momento de ser papás se debe ser conscientes de los miedos personales, por lo que debemos comenzar a trabajar en ellos cuanto antes, para no depositarlos en los hijos. Nunca debemos olvidar que ellos tienen su propia personalidad, aficiones diversas y habilidades variadas, y es un gran paso en su crianza no llenarlos de frustraciones propias”. 

Javiera Hernández, psicóloga USS Concepción.

La gravedad del asunto es que, si la sobreprotección es demasiada, la crianza muy rígida y los padres adoptan un estilo autoritario, el modelo podría ser perjudicial para el futuro adulto. “En ese esquema no se da espacio para potenciar dimensiones fundamentales del ser humano, como la social, emocional, cognitiva, lingüística, ético-moral y física, entre las más importantes, que requieren de espacios protegidos para que se cumplan. Además, cuando los hijos crecen y el estilo de los padres se mantiene en esta rigidez, los jóvenes tienden a mentir y desobedecer, lo que trae problemas comunicacionales graves que afectan la relación: los jóvenes se pueden volver contestatarios o muy retraídos”, analiza Javiera Hernández.