La soledad de muchos adultos mayores

El documental chileno “El Agente Topo”, hizo a muchos cuestionarse el trato que le damos a nuestros adultos mayores, quienes en hogares o residencias, pasan sus días en silencio y soledad. ¿Falta de tiempo o falta de amor? Ese es en definitiva el gran dilema.

Camila Mennickent B.

“El Agente Topo” se estrenó en 2020 y desde entonces ha recibido buenas críticas por la forma en que presenta el tema de la vida de los adultos mayores al interior de los hogares de ancianos. Su visibilidad aumentó exponencialmente, debido a que el filme se estrenó en la plataforma Netflix en 2021.

El documental profundiza en los sentimientos y en la distintas historias de vida de estos residentes, dejando en evidencia la soledad en que muchos de ellos están, producto de que sus familias nunca los visitan.

Pasan bastante tiempo en silencio

Sofía Torres, técnico en enfermería de nivel superior (TENS) del ELEAM Santa Verónica de Concepción, señala que “nunca antes del documental me pregunté si es que ellos sentían soledad o pena por no estar en sus casas”. Luego de verlo, asegura que se concentró en observar detenidamente a los adultos mayores y concluyó en que “si yo estuviera en un lugar, no me gustaría estar sola, es como estar hospitalizads, es un lugar extraño, no está tu cama, ni tu gente ni tu cosas, no es tu ambiente, es lógico que vas a extrañar, y eso es lo que ellos guardan en sus corazones, y no lo expresan”.

Lo anterior se ejemplifica en algo simple que le dijo uno de los residentes a Sofía: “Me gustaría dormir hasta las 11 de la mañana sin que nadie me despertara”, lo que es imposible en un hogar, donde hay una rutina establecida. También, Sofía notó que ellos pasaban bastante tiempo en silencio, lo que para la profesional reflejaría “tristeza y soledad en su corazón”, puesto que en el silencio surgen cuestionamientos y la TENS se pregunta qué piensan y dónde están en esos momentos.

De esto también se dio cuenta su colega, Cristian Fica, quien indica que existe una necesidad por tener “ratos libres y actividades para que se distraigan”. “Es lo mismo que pasa cuando uno está cesante, uno piensa y piensa, viene la depresión, la tristeza, es lo mismo. Imagínate un abuelito todos los días así, necesitan distracción, que vayan a leerle, a acompañarlo”, detalla.

Por otro lado, precisa que, de los 28 residentes, sólo ocho son autovalentes, y de ellos, según Sofía, antes de la pandemia, un 98% recibía visitas. Sin embargo, Cristian cuenta que, hay de todo y que hay algunos tutores que son “descuidados”, eso sí enfatiza en que podría ser un mecanismo de defensa al no aceptar la realidad de su pariente.

El técnico profesional señala que, si bien ellos como funcionarios pasan a ser como una familia para los ancianos, “siempre van a necesitar a sus familias, porque los recuerdan y los extrañan”. Por este motivo, implementaron videollamadas y visitas a distancia durante el periodo de pandemia.

Sofía sostiene que dentro del hogar se vive un buen ambiente, de hecho, hay amistades y personas que producto de la demencia se hacen amigas todos los días. Según la TENS, al grupo de adultos mayores le gusta bailar, “incluso los que están más enfermos mueven sus pies y manos al ritmo de la música”. 

“Un simple buenos días es una alegría”

Stephanie Medina, enfermera del ELEAM Dr. Juan Lobos Krause, ubicado en Hualpén, dice que como equipo, cuando se enteran de realidades de maltrato en otras residencias, les impacta, ya que afirma que no es lo que ellos viven. “Tratamos de que esta etapa de la vida y esta residencia sea una casa lo más amigable para ellos”, detalla y señala que se forman lazos, como en una familia, ya que los acompañan durante años.

Según Stephanie, de los 60 residentes, el 30 o 40% recibía visitas de forma regular antes de la pandemia y al igual que en el ELEAM Santa Verónica, han recurrido a las videollamadas para mantener los vínculos. Afirma que ha sido muy positivo, ya que incluso si una persona “tiene un deterioro cognitivo súper avanzando, a ratos se conecta con la voz de un familiar”.

En tanto, una de las cuidadoras de los adultos mayores, Natalia Opazo, confirma que “son pocos los familiares que realmente se preocupan de ellos. Muchos los vienen a dejar y después se olvidan. Cuando fallecen, ahí recién vemos a la familia”.

A pesar de lo anterior, los fines de semana, el lugar -previo a la situación sanitaria- tenía harto movimiento de visitas. Por lo que asegura que la situación del encierro ha sido perjudicial para ellos. “Tratamos de alegrarles los días, ponerles música para que bailen y se entretengan”, comenta. 

En el hogar hay amistades, e incluso hay algunos que se enamoran, según la profesional. “Hay un romance, como de los antiguos” -comenta entre risas- “se abrazan, se tocan la manito, o se llevan pancito y se dan regalitos”, detalla.

Para promover las actividades dentro del ELEAM, el equipo de Terapia Ocupacional y Kinesiología compró una consola Xbox para los residentes. Natalia específica que en un juego de boxeo, algunos “hacen como que pelean”, actividad que les entretiene y hace que se “maten” de la risa. 

Sobre la soledad y el desentendimiento de algunos tutores, Natalia comenta que es lamentable y que algunos residentes han fallecido sin ningún familiar presente. Agrega que “gracias a Dios acá tenemos un convenio con una funeraria y un cementerio para dejarlos”.

Sostiene que como algunos se sienten solos “pierden la esperanza y dicen ‘para qué voy a hacer terapia si voy a estar igual’ (…) La soledad muchas veces les juega en contra, por más que nosotros tratemos de alegrarlos y les ponemos música y bailamos y tratamos de entretenerlos, hay algunos que están muy tristes y por más que tú les cantes o les hagas un chiste, no sonríen”. 

“Hasta un simple abrazo o un buenos días, para ellos es una alegría. Yo creo que ellos piensan por dentro ‘¡ah! Alguien me reconoce’ o “alguien se preocupa de mí’”, sentencia.

“Es una familia, una casa con más integrantes” 

El Hogar de Adultos Mayores San Francisco de Asís de Lebu existe desde hace 48 años, según el presbítero Hernán Llancaleo, la mayoría de sus 17 residentes está en silla de ruedas y la mitad tiene algún grado de demencia. Comenta que antes de la pandemia el recinto recibía visitas constantemente, de escuelas de la zona, agrupaciones de religiosas o incluso estudiantes en práctica de colegios técnicos o del Centro de Educación y Capacitación de la Universidad Católica del Norte, sede Lebu. Situación que cambió por la pandemia.

“Nuestro hogar es una familia, es una casa con más integrantes. Esto es más que un trabajo, es cuidar a personas, es hacer que se sientan dignas”, Pbro. Hernán Llancaleo, hogar San Francisco de Asís.

Al igual que el ELEAM ubicado en Hualpén, el hogar de Lebu cuenta con un terreno dentro del cementerio municipal, el cual está destinado justamente a aquellos residentes que fallecen sin familia. “Conociendo la vida del residente y la relación que tuvo con su familia, uno entiende por qué a veces no vienen o por el contrario, por qué sus visitas son muy seguidas (…) a veces uno ve que hubo relaciones familiares que se quebraron”, explica.

A pesar de lo anterior, aclara que no se justifica el abandono y la soledad, y que como comunidad miran a las personas desde la misericordia y desde el sello del evangelio, aludiendo a la vida nueva. Para el párroco, el hogar “es una familia, es una casa con más integrantes” y agrega que “esto es más que un trabajo, es cuidar a personas, es hacer que se sientan dignas”.

Por su parte, la directora técnica del hogar, Teresa Ulloa, comenta que ha visto cómo a veces los residentes se ponen tristes porque no reciben llamadas. “Es muy triste, porque yo también tengo mi edad y la verdad es que no me gustaría esto”, dice. A pesar de lo lamentable de la situación, señala que se ha enterado de cosas positivas, como que en algún momento se formó un matrimonio dentro del recinto.

Además, señala que buscan potenciar las habilidades de los adultos para que se entretengan y distraigan, por ejemplo, a una de ellas le gusta el crochet y a uno, pintar mandalas, por lo que les proveyeron materiales. Reflexiona en que “ellos lo único que quieren es cariño y que los escuchen (…) nos pueden enseñar miles de cosas”. Acusa que “si efectivamente estuviéramos a su alrededor, y les diéramos más cariño y la importancia que corresponde, yo creo que les alargaríamos más la vida”.

Finalmente manifiesta que “yo creo que ellos mueren por tristeza, de pena, por abandono. Más que la enfermedad en sí, mueren por el olvido familiar”. “Para allá vamos todos, unos antes y otros después”, sentencia.