Cuando el esfuerzo tiene su recompensa

La dura decisión de abandonar el país con la esperanza de construir un mejor futuro implica enormes esfuerzos y sacrificios que cientos de inmigrantes hacen día a día. Concepción es una de las ciudades que alberga estas realidades llenas de historias que tienen como denominador común la perseverancia y la capacidad de partir muchas veces desde cero.

Por Camila Mennickent B.

Hace ya unos años que la presencia de inmigrantes en nuestro país se ha hecho evidente. Según el informe “Estimación de personas extranjeras residentes en Chile”, publicado en 2020 por el Instituto Nacional de Estadísticas, al 31 de diciembre de 2019 la cifra de migrantes bordeaba los 1,5 millones. 

El informe sostiene que, de los extranjeros, los venezolanos son el grupo predominante (30,5% del total), le siguen los peruanos (15,8%) y finalmente, los haitianos (12,5%). 

En el 2020, de acuerdo al Departamento de Extranjería y Migración, la mayor cantidad de inmigrantes en el Bío Bío llegó a la provincia de Concepción (71%), siendo la comuna del mismo nombre el principal destino (38%).

Wilson, Ana y Nolberto, son parte de dicho porcentaje en la zona. Los tres llegaron en distintos años a Concepción, cada uno con una maleta llena de esperanza y valentía. Incluso uno de ellos se quedó sin saber que lo haría.

“Hay que saber adaptarse”

“Era otro Chile y otro Perú”, comenta Wilson Reyes Jacobo (37), quien llegó en 2005 desde el país andino. ¿La razón? “Perú estaba pasando por un momento económicamente difícil, y veía que no era posible cubrir las necesidades básicas para solventar a mi familia, así que decidí emigrar”.

Explica que su conocimiento es “empírico” porque no estudió ninguna carrera. “Éramos seis hermanos y mis padres económicamente no estaban bien, entonces como hermano mayor decidí ponerme las pilas y trabajar. Estudié mi básica y después trabajé para ayudar a mis padres”.

Viajó con 21 años tras recibir una oferta laboral, ya que compatriotas suyos que residían en Concepción, buscaban personal para abrir lo que hoy es el restaurant Fina Estampa. Sin embargo, en ese entonces se pretendía abrir el local como una pollería-restaurant, negocio típico en su país.

Viajó solo, ya que primero quería ver qué tal era el país y la estabilidad del trabajo. Cuenta que gracias a Dios todo fluyó bien y que, a los seis meses de laborar, pudo traer a su entonces esposa y a sus dos hijos, que eran pequeños.

Debido a que los pollos “no tenían tanta salida”, tuvieron que aprender más preparaciones típicas, que hoy forman parte de la carta del restaurant. 

En un momento el jefe de Wilson le pidió que atendiera las mesas, lo que aceptó, pues tenía experiencia. Visto su desempeño, su empleador decidió dejarlo en el cargo y le facilitó el poder capacitarse, para luego explicar al resto de sus compañeros lo aprendido.

“Cuando llegamos al hostal compartíamos baño, áreas comunes…y bueno ahí poco a poco nos fuimos organizando y creciendo. Uno pone todo en las manos de Dios y la fe puesta en que todo va a salir bien…adaptándote, cambiando el plan, pero no la meta”, Ana y Kelvin, en su local de Wafflepop.

Hoy continúa como ayudante de cocina y como garzón, de 11:00 a 22:00 horas. Sin embargo, debido a la falta de atención presencial por la pandemia y a la cantidad de trabajadores, el restaurant decidió que cada uno de ellos trabajaría 3 días al mes, lo que llevó a Reyes a crear su propio emprendimiento: vender desayunos desde las 6:00 de la mañana en el centro de Concepción.

Reyes vive con nueve personas, de ellos seis son niños, por lo que explica que gracias a este trabajo ha podido pagar su arriendo y enviar dinero a tres de sus hijos que viven en Perú. 

Al comienzo invirtió 50 mil pesos en café, milo, vasos, un termo y un carrito. Hoy, cuenta con 5 termos y un carro de madera que el mismo construyó. Con orgullo señala que “uno es capaz de muchas cosas, en realidad si uno se queda en casa y dice que no tiene nada, es flojo, porque cuando uno quiere salir adelante, sale adelante”. 

“Cambiando el plan, pero no la meta”

En marzo de 2017, Ana Torres Vásquez (33) llegó junto a su esposo a Santiago, y si bien planificaron por un año su llegada a Chile, no vinieron con nada asegurado. 

“Mi esposo consiguió trabajo cargando cajas en Santiago, y yo repartiendo volantes en el centro”, detalla Ana, quien dice que, al segundo día de llegados, empezó a buscar trabajo en su rubro, como ingeniera metalúrgico y supervisora de proyectos. Y en paralelo, comenzó la tramitación de sus papeles legales. 

En Venezuela trabajó justamente en ello, en una empresa que pertenece a la transnacional Becker, que es dueña de Inchalam, compañía donde Ana consiguió trabajo y razón por la que se trasladó a Concepción. Su esposo, Kelvin, se quedó trabajando en Santiago. Luego Ana quedó embarazada de Lucía, quien hoy tiene 3 años. De esta forma, como familia se asentaron en la ciudad penquista.

La decisión de emigrar fue por la inseguridad que se vivía en Venezuela. Ana cuenta que los sueldos eran muy bajos, lo que les impedía ayudar a sus padres. Además, debido a la situación país, “no nos veíamos haciendo familia allá”, explica.

Ya en Concepción, Kelvin, quien también es ingeniero metalúrgico, consiguió trabajo por dos años en una empresa. Luego de ello “dejó su trabajo y abrió una tienda chiquita de waffles en el centro de Conce, es una pyme pero poniéndole mucho corazón”. El local se llama Wafflepop y se ubica en O’Higgins #1163. 

Ana recuerda que cuando llegaron a Chile, vivieron en un hostal, “donde compartíamos baño, áreas comunes…y bueno ahí poco a poco nos fuimos organizando y creciendo. Uno pone todo en las manos de Dios y la fe puesta en que todo va a salir bien…adaptándote, cambiando el plan, pero no la meta”.

La venezolana comenta que les encanta Concepción y que cada paso que han dado lo consideran una bendición de Dios. Afirma que el camino ha sido trabajoso y con trasnoches, pero explica también que la ayuda de su suegra, quien vive con ellos, ha sido clave para que puedan trabajar con tranquilidad, pues cuida de Lucía. 

Hoy, envían parte de sus ganancias a sus familiares de Venezuela, ya que “allá la vida es dura”, asegura Ana. 

“Dejamos todo allá”

En marzo de 2019, Nolberto Abreu Vázquez (57) llegó a Chile junto a su esposa. Su intención era conocer, ya que ambos en Venezuela jubilaron, es decir, cada uno cumplió 25 años de servicio. Él es profesor integral y músico (clarinetista y saxofonista), y ella médica cirujana.

Su hija y su yerno ya vivían en Santiago, y fueron ellos quienes les regalaron los pasajes a Nolberto y su esposa para venir a Chile. También les insistieron para que se quedaran por más tiempo. Luego, su yerno fue trasladado a Concepción por lo que los cuatro se cambiaron de ciudad.

El plan no era quedarse, pero pasaron los tres meses de turista y seguían en la ciudad, por lo que comenzaron los trámites para legalizar su estadía y poder trabajar. “Hay que hacer las cosas bien”, explica el músico.

Antes del estallido social, Nolberto fue contratado como músico en pubs, restaurantes y casinos, pero muchos de los locales cerraron. Sin embargo, Abreu también trabajaba (hasta el día de hoy) como profesor en la Escuela de Música VAC de Concepción, por lo que empezó a impartir sus clases de forma online, con menos alumnos, pero las mantuvo.

Gran parte de su familia son músicos, de hecho, junto a sus hermanos formaron el Quinteto Conticinio de los Hermanos Abreu Vázquez y producto de la música es que ha conocido diversos países: Colombia, Estados Unidos, Trinidad y Tobago y las islas ABC.

“Ha sido un aprendizaje el saber vivir y no desesperarse, puesto que las decisiones las hemos tomado con mi familia a medida que transcurre el tiempo”, Nolberto Abreu Vázquez, profesor y músico.

En medio del estallido social, hubo un tiempo “tranquilo”, en el que decidió tocar música en locales recibiendo propinas: “Me atreví y durante algunos meses estuve yendo todos los días y descansaba los domingos, llegaba a la casa con buen dinero, yo creo que con un poco más del sueldo mínimo. Parte de ese dinero lo enviaba de ayuda a mis familiares en Venezuela, después vino la pandemia”.

Los locales volvieron a cerrar y Nolberto consiguió trabajo como ayudante en una construcción. Luego de varios meses, recibió una oferta para ser conserje en un condominio de Lomas de San Sebastián por cuatro domingos, trabajo que aún mantiene tras firmar un contrato indefinido. 

Al llegar nunca pensaron que se quedarían, de hecho, dejaron todo en Venezuela. Por ello, el matrimonio está agradecido “de la divinidad” por ubicarlos en Concepción. Nolberto expresa que ha sido un aprendizaje el “saber vivir y no desesperarse”, puesto que las decisiones las han tomado a medida que transcurre el tiempo.

Actualmente, el venezolano baraja su tiempo como conserje, como profesor de música y como músico “a pedido”, pues le solicitan hacer serenatas virtuales (en Instagram @ticosaxo). “Uno se adapta a las condiciones económicas, rasguñando de aquí y de allá, vamos complementado y se hacen las luquitas”, afirma.