Éxodo de profesionales “campo – ciudad”: una migración ¿inevitable?

No se trata de salir de las pequeñas comunas “a la munda”, tras la “buena fortuna”, como ocurrió en el pasado. Normalmente es la única opción para quienes desean emprender un futuro profesional, lo que no sólo obliga a una separación del núcleo familiar, sino también del entorno al que se pertenece, en desmedro del desarrollo de este último.

Por Paulina Pérez


Buenas notas en la enseñanza media, buen puntaje PSU. Claramente, la comuna rural queda atrás, para dar paso a una pensión, estudios universitarios (para obtener idealmente las mejores calificaciones, y así sumar becas y beneficios), titulación con los “semestres al día” y un pronto postítulo o postgrado, y el “primer trabajo”. El pueblo nativo, definitivamente, queda atrás, y será visitado sólo para ver a los padres, en algunos meses del año.

Imposible analizar este fenómeno desde lo meramente emocional. La falta de oportunidades para desarrollarse en los lugares de origen es lo que motiva a las familias a pensar en el futuro de los hijos construido desde un lugar lejano, ya que son las propias carestías de esos sectores los que “obligan” a emigrar a quienes quieren estudiar. Y es así como campos y territorios aislados permanecen sin mayores cambios a través de las décadas, habitados fundamentalmente por adultos mayores y niños, con una población joven que busca opciones de desarrollo en “la ciudad”, en especial las provincias más importantes de las regiones, o derechamente, en Santiago. 

De la comuna y hacia la comuna

Robert Padilla Mellado (32 años) es médico veterinario, el menor de seis hermanos y se desempeña en la Unidad de Desarrollo Local de la Municipalidad de Lonquimay, asesorando a 42 agricultores que trabajan en la crianza de ganado caprino, una de las actividades económicas más importantes de la zona. En su infancia y adolescencia vivió junto a sus padres en el sector de Pehuenco Bajo, Liucura, al lado del Paso Pino Hachado, a unos 30 kilómetros de Argentina. Su educación básica fue en el sector rural, y ya de quinto a octavo año debió trasladarse a Lonquimay (donde viven hoy), distante a 36 kilómetros del sector rural. Desde entonces, sus estudios le obligaron a alejarse del nido.

“La situación migratoria siempre es un desarraigo, al dejar a la familia se produce una lejanía con el vínculo más cercano y se comienza a vivir una realidad desconocida”

Pbro. José Luis Roldán, vicario episcopal Provincia de Arauco

“Me fue bien en la PSU, al igual que la enseñanza media. Así es que ingresé a Medicina Veterinaria, como siempre quise. Me atrasé algunos semestres, demoré en titularme e incluso trabajé sólo como licenciado veterinario. Regresé a la universidad, hice mi práctica en INDAP, me titulé, para luego entrar a trabajar al municipio, como “extensionista” (un promotor y gestor del desarrollo rural)”, recuerda. Y así se presentó luego al concurso municipal, ingresando al Programa de Desarrollo Territorial Indígena, junto a un equipo de agrónomos, técnicos y otros, al alero de la Unidad de Desarrollo Local del municipio. 

“Se me dio la oportunidad de trabajar en el mismo sector, cerca de mi casa, lo que ha sido una experiencia muy satisfactoria, que me ha permitido desarrollarme mucho como profesional. Hoy muchos jóvenes emigran, en busca de oportunidades académicas. Yo estuve en una especie de transición, antes había muy pocas oportunidades, muy pocos incentivos, pero se me dio la posibilidad. Y más que nada, hoy, poder aportar en el desarrollo de la gente de la comuna a través de mis conocimientos”, agrega, agradeciendo enormemente el esfuerzo y apoyo de sus padres.

La otra “fuga de cerebros”

En general, el fenómeno de la migración de personas con mayor formación y/o especialización en el ámbito profesional, tanto desde el campo a la ciudad, como a nivel internacional, se denomina “fuga de cerebros”, expresión que, según explica el doctor Luis Marcelo Silva Burgos, en la situación particular de migración de campo a ciudad por términos académicos, también aplica. “Quienes logran especializarse y desarrollarse profesionalmente, tienden a enfrentarse a una serie de decisiones respecto a su futuro profesional”, establece el sociólogo. Entre esas elecciones está la búsqueda de mejores oportunidades de empleo, “factor que se debe a la precariedad de las oportunidades de desarrollo profesional en muchos lugares de origen, lo que incide en la decisión de migrar”, aclara Silva, quien además es académico de la Facultad de Derecho y Gobierno de la Universidad San Sebastián Concepción.

“El progreso académico y profesional en institutos, universidades o centros de formación técnica conlleva a que las personas se desarrollen fuera de su lugar de origen, lo que genera un alto nivel de vinculación con los pares y distanciamiento de las familias”

Marcelo Silva, sociólogo USS

Y en ello, naturalmente, tendrá mucho peso el fortalecimiento de las redes que se gesten con personas o entidades. “El progreso académico y profesional en institutos, universidades o centros de formación técnica conlleva a que las personas se desarrollen fuera de su lugar de origen, lo que genera un alto nivel de vinculación con los pares y distanciamiento de las familias”, advierte el académico.

A las anteriores variables se suman dos resoluciones bastante unidas entre sí: el aspirar a mayores ingresos, y mayores posibilidades de trabajo con especialistas del propio campo laboral. “Este factor se debe a la escasez de oportunidades de desarrollo profesional con redes de especialistas en muchos los lugares de origen”, lamenta el sociólogo. A ello se suma la búsqueda de mayor especialización, algo que la localidad de origen, simplemente, no puede entregar. “Frente a todos estos puntos es altamente factible que, para generar una mayor probabilidad de permanencia en los lugares de procedencia, se deban fomentar polos de desarrollo económico-productivo, académico y sociocultural”, afirma el doctor Silva. “Además, es altamente necesario generar sistemas de atracción de capital humano, en los que se logre articular necesidades de la ciudadanía con sistemas educativos que sepan comprender dichas necesidades e implementar mecanismos de respuesta frente a ellas”, especifica.

Respaldo a la alternativa de estudiar

“La migración siempre es un tema profundo. Y la Iglesia, no sólo la Arquidiócesis de Concepción, sino la Iglesia toda, está siempre muy preocupada y ocupada de estos temas”, dice el sacerdote José Luis Roldán, vicario episcopal de la Provincia de Arauco y responsable del Programa de Residencia Universitaria del Arzobispado. “La situación migratoria siempre es un desarraigo, al dejar a la familia se produce una lejanía con el vínculo más cercano y se comienza a vivir una realidad desconocida”, afirma, aludiendo no sólo a los fenómenos migratorios que hace una década se ven en Chile, sino también aludiendo al éxodo de sectores rurales hacia poblados más urbanos.

Roldán reside hace casi 8 años está en la Provincia de Arauco, con el objetivo de ayudar a jóvenes de esa provincia, muchos de ellos sin posibilidades de estudiar, no por razones académicas sino económicas. Desde antes de su paso por la zona del carbón, el sacerdote conoció la realidad del estudiante universitario chileno de “pensión”, cuando fue párroco en el templo Natividad de María, en Collao, y compartió con chicos de la Universidad del Biobío. “Eran jóvenes que cargaban una gran soledad, obligados a asimilar una nueva ciudad, mucho más grande de la de origen, no sólo con la misión de hallar nuevos amigos o grupos sociales para insertarse, sino también de estudiar, a veces comiendo una sola vez al día y en piezas ínfimas. Vivían en condiciones muy duras”, recuerda.

Fue en este tiempo cuando, fruto de la iniciativa de monseñor Fernando Chomali, surgió el proyecto de armar una casa en Concepción, para acoger a jóvenes de las comunas más pobres. “Generalmente se trata de los primeros de las familias que acceden a un estudio superior, universitario, técnico profesional, de lugares como Contulmo interior, Los Álamos, Lebu, Cañete, Curanilahue, sectores cordilleranos… Ellos hoy estudian en sus casas, por culpa de la pandemia, pero todos se han educados lejos desde sus hogares”, narra el religioso. Claramente, es difícil mantener esta residencia. “Pero funciona con mucho entusiasmo, alegría y ganas de ayudar al otro. Los resultados los vamos a ver después, porque están recién empezando a trabajar los primeros egresados del lugar”, indica.

¿Regresan? “Muchos no vuelven a trabajar a sus provincias o comunas, porque en ellas no hay trabajos para profesionales como ellos. A lo más la municipalidad correspondiente, o el Servicio de Salud. No hay otros polos de desarrollo donde insertarse. Evidentemente se produce un desarraigo, siempre están muy vinculados a sus padres, pero siempre a distancia”, lamenta.