Clandestinidad

Detrás de esta actitud se esconde un gran vacío espiritual que sólo lo puede llenar la “adrenalina a cualquier precio”. Estas personas lo más probable es que estén profundamente aburridas de la vida y el tedio lo anestesian como pueden.


En estos tiempos han aparecido una serie de fiestas, matrimonios, carreras de auto y de caballos al margen de la ley. Las famosas fiestas clandestinas en diferentes ambientes sociales y económicos nos deben llevar a una profunda reflexión porque son personas que no sólo han infringido la ley sino que han demostrado nulo interés por la salud propia, de los demás y han mostrado con su actuar el poco valor que le dan al esfuerzo de la autoridad sanitaria y los equipos médicos para detener la pandemia y salvar vidas. 

Todas estas acciones son ilegales e inmorales. Esto es grave, sobre todo cuando a estas alturas de la pandemia se está adecuadamente informado de lo que significa cada paso, lo que significa aforo y sobre todo la propia pandemia que día a día nos sorprende con más contagios y más muertes.

Detrás de esta actitud se esconde un gran vacío espiritual que sólo lo puede llenar la “adrenalina a cualquier precio”. Estas personas lo más probable es que estén profundamente aburridas de la vida y el tedio lo anestesian como pueden

¿Qué hay detrás de estas actitudes irreverentes, desprolijas, temerarias y sumamente peligrosas? Varias cosas, la primera es la falsa idea que las desgracias le ocurren a los demás y no a uno. Estoy seguro que quienes violaron la ley, de haber experimentado de cerca la experiencia de estar contagiado, se habría abstenido de asistir a esos encuentros. Otros, sencillamente, les resulta irrelevante lo que le pase al resto: sólo piensan en sí mismos y entretenerse un rato, bien lo vale a costa del sacrificio de los demás. 

Detrás de esta actitud se esconde un gran vacío espiritual que sólo lo puede llenar la “adrenalina a cualquier precio”. Estas personas lo más probable es que estén profundamente aburridas de la vida y el tedio lo anestesian como pueden. Detrás de esa actitud se esconde un gran egocentrismo y una gran soledad, puesto que no se sienten parte de la sociedad y el bien común es un concepto vacío. 

Muchas de estas personas tienen instrucción, tienen recursos económicos, pero les falta amor y sentido de pertenencia. Creo que debemos volver a recuperar el sentido comunitario de la vida y ponerlo como parte fundante de la educación, que más allá de la instrucción está llamada a formar el espíritu. Pero también hay personas con ignorancia invencible, es decir no tienen capacidad de comprender la realidad a cabalidad. Muchas de estas personas no han comprendido -o no han querido comprender- que la pandemia que nos acecha es grave, que se aparece en el momento menos pensado y que implica, para superarla, mucha disciplina y un claro compromiso por el otro. Hoy todos somos potenciales contagiantes y contagiados. 

Todos podemos ser portadores del virus, aunque no manifestemos síntomas ni nos enfermemos. Creo que la autoridad ha hecho un esfuerzo que se debe valorar y honrar ese esfuerzo siguiendo las normas por ellos impartidas. Eso es lo que corresponde. Ello implica distancia física, pero un acercamiento emocional, humano y social, talvez nunca antes visto.