Vida de hogar (de menores)

Luego de incidente con Carabineros en el Hogar Carlos Macera que terminó con dos menores heridos a bala, la atención vuelve a centrarse en lo que ocurre al interior de las residencias permanentes de Sename y su tarea como continuadoras de los Cread. ¿Son tratadas las necesidades específicas para mejorar sus condiciones, entregar oportunidades y evitar la discriminación?

Por Érico Soto


Gustavo tiene 18 años y llegó este año al Hogar Carlos Macera de Talcahuano, perteneciente a la Fundación Ciudad del Niño “Ricardo Espinosa”. Lo hizo junto a su pequeño hermano Bastián (10), luego de que los Tribunales de Familia determinaran que sus padres no podían seguir cuidando de ellos.

No ha sido un tiempo fácil para ambos, sobre todo por las alarmas que han fijado la mirada hacia lo que pasa dentro del recinto: motines y un incidente con Carabineros que terminó con dos menores heridos a bala. De todos modos, y sin participación en esos hechos, ambos saben que su mejor alternativa es continuar allí si lo que quieren es alcanzar sus sueños.

“Imaginaba otra cosa, porque me dijeron que acá adentro no iba a ser agradable e incluso se maltrataba a los niños. Pero no he visto nada de eso. Aquí me dan la posibilidad de poder estudiar tranquilo, lo que no tenía en mi casa”, cuenta Gustavo, quien termina Segundo Medio a distancia en el Liceo Industrial de Higueras. Su día transcurre entre el estudio, actividades deportivas y la rutina de la residencia. Agradece estar cerca de su hermano, que también logró adaptarse pese a su corta edad.

Fundación

El hogar Villa Infantil “Carlos Macera” es una de las cinco residencias que forman parte de los programas permanentes de la Fundación Ciudad del Niño “Ricardo Espinosa”, organismo de derecho canónico creado por la Iglesia diocesana hace ya 64 años, por Monseñor René Inostroza. que vio en la realidad de esos años las dificultades de los niños en riesgo social.

En su libro de memorias, el fundador de la obra indica que se oficializó la entrega del recinto el 1 de agosto de 1981 y que recibió el nombre en recuerdo del propietario del terreno: “Cuando inicié las diligencias para hacer realidad mi proyecto de esta obra para los niños de la calle, me dirigí a Don Carlos para solicitarle terrenos, lo cual las leyes no permitían parcelar los fundos”.

El centro estuvo a cargo de la Iglesia y a un grupo de laicos colaboradores. Luego, las diferentes adecuaciones del Servicio Nacional de Menores (Sename) y también del Arzobispado de Concepción, le dieron forma a su estructura actual, con la Vicaría Pastoral Social encargada de articular las obras sociales expresadas en proyectos y fundaciones, acercándolas a la misión de la Iglesia.

En la mira

Actualmente, el Hogar Carlos Macera recibe a 22 niños, de los cuales 14 están en calidad de “presentes” y el resto en acercamiento familiar. El recinto posee 30 plazas, para niños de entre 7 a 18 años, siendo la Justicia quien deriva a los menores hasta esta residencia. 

“Sin perjuicio de la edad, los seguimos apoyando para la vida independiente. Hoy, todos los ingresos son vía Tribunal de Familia, por vulneraciones graves de sus derechos y correr riesgos inminentes. Principalmente, tenemos a niños de Talcahuano y Hualpén, pero podemos tener de cualquier lugar, pues se busca el beneficio del niño e idealmente el trabajo con familia”, explica Marcela Miranda, directora del Hogar.

“Imaginaba otra cosa, porque me dijeron que acá adentro no iba a ser agradable e incluso se maltrataba a los niños. Pero no he visto nada de eso. Aquí me dan la posibilidad de poder estudiar tranquilo, lo que no tenía en mi casa”

Gustavo, residente Hogar.

Con el cierre de los Centros de Reparación Especializada de Administración Directa (Cread), las residencias han debido suplir espacios que no siempre son los más apropiados para recibir las necesidades específicas de los menores y las características a las que se vieron sometidos: violencia, abusos, maltrato, drogas, delincuencia, etc.

“Si bien es un desafío, porque son chicos que tienen otras problemáticas, también se trabaja la inclusión, porque ellos se tratan como hermanos y nadie es diferente. Es más complejo, porque estamos trabajando con el mismo personal, con la misma subvención, pero también es una oportunidad de aprendizaje. Sí, se solicita más apoyo a las redes: salud, educación, tribunales, programas ambulatorios, municipalidad”, agrega Miranda.

En un año especialmente complejo, los propios trabajadores del Hogar han debido redoblar esfuerzos para cumplir su labor: “Cualquier lugar donde hay hartos niños va a haber roces, como en cualquier casa donde hay hermanos. Con el Covid y el encierro, hemos tenido que buscar actividades a diario, lo que es un desafío, pero dificultades abordables. Lo que realmente hay que enseñarles es que son capaces de llegar a ser profesionales, tener trabajo y familia”.

Compromiso

Sobre las carencias que se observan, el terapeuta ocupacional Cristian Rivera cuenta que “tenemos lo que necesitamos para trabajar, así como espacios, pero no le sacamos provecho. Necesitamos apoyo concreto en infraestructura para los niños, para poder realizar actividades”.

“Con el Covid y el encierro, hemos tenido que buscar actividades a diario, lo que es un desafío, pero dificultades abordables. Lo que realmente hay que enseñarles es que son capaces de llegar a ser profesionales, tener trabajo y familia”

Marcela Miranda, directora del Hogar.

Nicole Ramírez, Tens y educadora de trato directo (ETD), afirma que “por lo general los niños son proactivos, pero necesitan atención y cariño, así como responsabilidades. Tienen sueños y talentos, que hay que potenciar”.

Desde la Fundación Cuidad del Niño “Ricardo Espinosa”, su presidente, el Padre José Cartes, destaca el compromiso de cada uno de los funcionarios que trabajan día a día con los menores.

“Son personas que tienen una vocación especial por el trabajo que realizan, porque es un trabajo difícil, personalizado, no como una sala de clases o un colegio, y en el que conocen a cada niño y su familia. Son jóvenes con una preocupación personal por cada uno de los niños y jóvenes que están en estos centros”, subraya.

Reflexiones del Arzobispo

Tras los hechos ocurridos el 18 de noviembre en la Residencia Carlos Macera de la Fundación Ciudad del Niño Ricardo Espinosa, con dos jóvenes heridos a bala con el arma de servicio de un carabinero, Monseñor Fernando Chomali entregó una reflexión pública donde compartió su opinión sobre las debilidades del sistema de salud, las Fuerzas de Orden y Seguridad Pública y la realidad de este tipo de hogares.

“Ha quedado demostrado, una vez más, que a pesar del esfuerzo que hace el Sename y las instituciones colaboradoras, no están las condiciones para ayudar a jóvenes con patologías mentales y altas carencias personales, familiares, sociales, económicas, sanitarias y afectivas. Además, no tienen acceso oportuno a tratamientos de salud integral, y muchas veces les resulta complejo encontrar matrícula en el sistema escolar. En la práctica son sistemáticamente discriminados”, señala. 

También afirma que “los niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad que llegan a estos hogares a través de los tribunales son los grandes olvidados de las políticas públicas desde hace décadas, y las consecuencias están a la vista. El fracaso de los Cread confirma lo planteado, al punto que hubo que cerrarlos, no existiendo hasta la fecha en el país una alternativa para dar atención especializada a los niños y adolescentes menores de 18 años. El presupuesto con que cuentan las residencias -que han tenido que asumir dicha responsabilidad- muestra claramente que no han sido prioridad de las autoridades. La indiferencia de la sociedad en general frente a esta dolorosa realidad es absoluta e hiriente”. 

El Arzobispo finaliza con una invitación a “Si queremos que estos lamentables hechos nunca más vuelvan a ocurrir debemos fortalecer los vínculos familiares, superar las dificultades que llevan a que estos jóvenes no tengan horizonte alguno en la vida, procurar los recursos suficientes fruto de políticas públicas consistentes, y promover la justicia social. Sumado a ello, urge un espíritu de colaboración y solidaridad hacia quienes, con mucho esfuerzo, sacrificio, dedicación y vocación, se ocupan de aquellos que muchos no quieren ver, hacen como si no existieran y les cierran sistemáticamente las puertas”.