Sabores, acentos e historias que llegaron para quedarse

El 2018, el Senado determinó que cada 20 de octubre se celebrará el “Día nacional de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo”, moción acorde a uno de los fenómenos más importantes del Chile de hoy: la migración desde Centro y Sudamérica.

Por Paulina Pérez


Nuevas culturas comienzan a penetrar en el tejido social, generando cambios en la identidad nacional. Y voces de todos los ámbitos reflexionan en torno al tema, no pocos, desde el resquemor. Pero el fenómeno de las migraciones es atávico en el globo, y como tal, se extiende también a todo Chile. Y desde Chile. “Por cada migrante que hay en el país, hay tres chilenos diseminados por el mundo”, señala Alfonso Vera Portilla, voluntario y representante de la Pastoral de Migración de la Arquidiócesis de Concepción. ¿Amenaza? ¿Oportunidad? Chile resulta atractivo para los países del continente, por lo tanto, pensar en la reversa del proceso es, simplemente, imposible.

Ser chileno

El profesor de la Universidad San Sebastián Carlos Ibarra Rebolledo, magíster en Historia, analiza qué pasa en Chile hoy, en cuanto a “identidad nacional”. Para él, el concepto, como tal, ha ido perdiendo fuerza, “dando paso a las identidades locales, que son cada día más fuertes”. Opina que la identidad “única e indiscutiblemente nacional” se viene enseñando en las escuelas desde poco después de la Independencia Real (1818), y que el orgullo de ser chileno se vio aumentado tras las guerras externas y sus triunfos (particularmente la del Pacífico, 1879-1883). “Pero hoy pareciera estarse redescubriendo la riqueza cultural y, por ende, identitaria, sobre todo en los espacios locales, en gran medida gracias a la globalización, que en algún momento amenazó con exterminarlas”, afirma. “Esto no quiere decir que seamos menos chilenos, sino que se ha consensuado que, también en las diferencias regionales, se pueden encontrar elementos de unidad nacional. Ahí entronca con el sentimiento de pertenencia al país”, declara.

A partir de la coyuntura actual, post estallido de octubre de 2019, y con miras a una posible nueva Constitución, Ibarra percibe un sentimiento “de inclusión identitaria”: “se busca que en la nueva Constitución se incluya también a otras comunidades consideradas tradicionalmente como excluidas, particularmente las indígenas. No olvidemos que la mayor parte de las banderas que se vieron a partir de las protestas del 18 de octubre eran mapuches, no chilenas”, señala.

Poca mezcla… por ahora

El voluntario Alfonso Vera genera algunas respuestas al comportamiento grupal del migrante en Chile, que se replica prácticamente en todo el territorio. “Los primeros en llegar a Chile son los que vivieron soledad, la falta de trabajo, la falta de legalidad, y los que hoy arriban se reúnen alrededor de ellos, sus pares, recibiendo cierta protección. Es normal, pero tampoco es bueno porque se producen islas, burbujas, entre haitianos, venezolanos, peruanos… pero debemos comprender que es un proceso lento, porque ellos, ante todo, vienen a trabajar, para enviar dinero a sus países, a sus familias. Con el tiempo surgirá una interacción más abierta”, dice.

“Hoy pareciera estarse redescubriendo la riqueza cultural y, por ende, identitaria, sobre todo en los espacios locales, en gran medida gracias a la globalización, que en algún momento amenazó con exterminarlas”

Carlos Ibarra, académico USS.

El académico Carlos Ibarra coincide con Vera, en el sentido que la transferencia cultural en los procesos migratorios es lenta. “Es un fenómeno de mediano y largo plazo, e históricamente, ha sido así. En cuanto a usos y costumbres, es probable que, aunque guiados por el miedo al rechazo, los inmigrantes busquen estrategias de aceptación e inclusión dentro del tejido social en el que conviven, aprendiendo de nuestra historia, costumbres y tradiciones. No es raro que, en las escuelas, un estudiante extranjero sepa más de historia de Chile que un compatriota nuestro. Se convierte en una necesidad, en una herramienta que permite aceptación”, plantea.

“Nosotros, todos los que habitamos este territorio, somos mestizos, un mestizaje fundamentalmente construido con sangre europea, indígena y africana, algo científicamente demostrado. Y los europeos también son fruto de mucho mestizaje. Otra cosa es que nuestros prejuicios no nos permitan verlo: lo asumimos como un bloque sólido (‘los europeos’), sin componente de indígenas americanos ni africanos… incluso se les ve como ‘superiores’, algo hoy absurdo”, sostiene. 

El profesor y escritor chilote Renato Cárdenas Álvarez, en referencia a varios autores, identifica tres situaciones en torno al tema: aculturación (adopción de usos y costumbres de otra cultura), transculturación (a nivel de pueblo o grupo social), y desculturación (proceso en el que se aniquila completamente una cultura, propio de las conquistas o etnocidios). Asociado a la aculturación, o transculturación, “ahora advertimos más bien un proceso de hibridación cultural, en que aún una cultura está al lado de la otra. Pero ya empezó la interacción, sin ir más lejos, la penetración de alimentos: se debe considerar que la comida es lo que se mestiza más fácilmente, y el último rasgo en desaparecer”, establece.

Los prejuicios no bastan

Tanto Alfonso Vera como Renato Cárdenas, y el docente Carlos Ibarra, admiten que existe una oposición a la llegada de migrantes, desde un ideario nacional. Para Ibarra este resquemor, que siempre se ha dado, “en el país ocurriría más por celos en cuanto a cuidado del puesto de trabajo y los recursos, que por una mentalidad nacionalista o abiertamente racista”, algo infundado ya que, en todos los países, el migrante es el que se ubica en los puestos en los que se paga menos… los más ingratos.

¿Hay “amenaza” a la cultura nacional? “Pongamos el ejemplo de la cazuela”, dice Carlos Ibarra. “Dejémosla sólo con los aportes hispanos: ¿qué nos queda? Una sopa con fideos, arroz, sal y aceite. ¿Y qué tal si agregamos productos americanos, tales como el choclo, las papas, el zapallo o el ají? ¿Qué sería de nuestras fondas y ramadas sin cumbias? La cueca se sigue bailando, no ha desaparecido, se ha fortalecido… y es también un baile muy mestizado, ya que al igual que nosotros tiene componentes europeos, indígenas y africanos. A mi juicio, siempre es bienvenido un baño de cultura novedosa. Nos ayuda incluso a ver las diferencias, reconocer lo chileno (o lo local) respecto de esa otra realidad, o identidad. Aunque descubrir esos aportes toma algunos años. No es un cambio inmediato”, puntualiza.

El escritor Renato Cárdenas es más amplio en su visión. “El chileno no está acostumbrado a convivir, ni siquiera con sus clases. Cuando digo que es ‘clasista´ es por eso, porque hay una fuerte discriminación de clases, donde el componente mapuche es el más rechazado. Se ha perdido un poco de identidad, pero no son las migraciones las causantes, sino el propio mercado, que ha ido modificando todo, naturalmente desde la economía, pero hacia toda la estructura social”, manifiesta. Y en torno a la presencia migrante, augura diversificación cultural, con nuevas variantes. “Los migrantes tienen un fuerte arraigo cultural, manejan su cultura popular con mucha fuerza, y claramente va a influir en un cambio… pero no más que la influencia de la televisión, los medios o las redes”, especifica.

El mestizaje a través de la mujer

Renato Cárdenas ha estudiado en extenso y en particular la historia de Chiloé, que coincidentemente, grafica muy bien el fenómeno migratorio en general. Un primer proceso tuvo lugar con la llegada de españoles, hombres solteros que se unieron a las mujeres lugareñas, mapuche o españolas, iniciando el mestizaje (época colonial). Con el arribo de alemanes, primero a Puerto Varas, luego a Valdivia (mediados del siglo XIX), “comienza un polo de desarrollo hacia el sur de Chile, por lo que los chilotes viajan para ofrecerse de mano de obra, surgiendo un personaje muy curioso, un gaucho chilote extendido en ambas Patagonias, de Chile y Argentina, “los viajeros”, también solos, que se unen a mujeres argentinas, arraigándose en ese país. Por lo tanto, es la mujer la que transmite los elementos de la cultura”, afirma. Y coincide Alfonso Vera, de la Arquidiócesis de Concepción. “Los hombres chilenos se están uniendo a mujeres migrantes. Es incipiente, pero está ocurriendo. En un futuro cercano veremos niños de 15, 16 años, ya con rasgos étnicos diferentes, y pertenecientes a culturas diferentes”, vaticina.