“Fratelli Tutti”, una lectura necesaria


El Papa Francisco ha vuelto a escribir una encíclica. Es su tercera después de Lumen Fidei y Laudato Si. Su nombre es Fratelli Tutti. Todos hermanos. Lo hace desde el fondo de su corazón mirando el rostro de Cristo sufriente y la figura de San Francisco, en un espíritu de diálogo y de apertura universal. Esta encíclica es una invitación -usando sus palabras- a pasar de “la falsa tolerancia” a un “realismo dialogante” y promover “la fuerza del derecho” por sobre “el derecho de la fuerza”.

El Pontífice en siete capítulos nos dice que tenemos que erradicar la “cultura de los muros” y entrar en la dinámica del amor, al estilo del Buen Samaritano. ¡Qué texto evangélico más inspirador! Sólo el amor construye puentes, nos enseña. El Papa, como pastor universal preocupado de creyentes y no creyentes, nos vuelve decir que los derechos de los seres humanos no tienen fronteras y que deben ser, siempre y bajo toda circunstancia, respetados. Ello obliga a pensar las categorías éticas de las relaciones internacionales. El Papa llama a no excluir a nadie del derecho a vivir con dignidad. Para ello invita a poner la benevolencia por sobre las ideologías.

Al Papa le duele la situación en la que se encuentran los ancianos, la falta de hijos. Según él es “un modo sutil de expresar que todo termina con nosotros, que sólo cuentan nuestros intereses individuales”. En relación a los migrantes, pide respuestas para garantizar vivienda, seguridad, servicios esenciales. El Papa invita a reconocer que el todo es más que las partes, lo que exige una gobernanza mundial, que se ve muy ausente. 

Esta encíclica es una invitación al perdón, desde la verdad y la justicia. Nos invita a recorrer el camino del reencuentro, del sentirse en casa.

Desde ese punto de vista, reivindica la política, -la “mejor política”- como una de las formas más altas de caridad porque está al servicio del bien común. Invita a buscar estrategias para terminar con todo tipo de tráfico que constituye una “vergüenza para la humanidad” y promover condiciones para que todo ser humano tenga techo, trabajo y tierra. Ello implica desterrar una visión individualista de la existencia, amar y promover el bien común.

Nuevamente el Papa hace ver los estragos que provoca el individualismo y la especulación financiera. El Sucesor de Pedro nos convoca a promover torrentes de energía moral, que se dan más que con la palabra con el ejemplo y la acción. Invita de manera incansable a la negociación, a los buenos oficios, al arbitraje; en definitiva, a la cultura del diálogo que usando sus palabras “…necesita ser enriquecido e iluminado por razones, por argumentos racionales, por variedad de perspectivas, por aportes de diversos saberes y puntos de vista, y que no excluye la convicción de que es posible llegar a algunas verdades que deben y deberán ser siempre sostenidas”. 

El Papa insiste en la urgencia de más amor, de más bondad, invita a superar el individualismo haciendo ver que “la vida es el arte del encuentro”; hace ver también que el “milagro de una persona amable” es una forma extraordinaria para terminar con la crueldad que a veces se enquistan en las relaciones humanas. Con fuerza nos recuerda que “lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar”.

Esta encíclica es una invitación al perdón, desde la verdad y la justicia. Nos invita a recorrer el camino del reencuentro, del sentirse en casa. Ello implica poner en el centro de todo al ser humano, su dignidad y el bien común, y salvaguardar sus derechos que le vienen única y exclusivamente por ser un ser humano. Dentro de esos derechos, está el garantizar la libertad religiosa, por ser un derecho humano fundamental.

Por último, el Papa hace un fuerte llamado a desterrar la guerra, que la considera un fracaso de la humanidad, y la pena de muerte. Ambas situaciones no solucionan los problemas, más bien los agravan. 

Francisco termina reconociendo al Beato Carlos de Foucauld como el hermano universal.

Recomiendo vivamente a los católicos -y toda persona que quiera un mundo mejor y hacerse parte en su construcción- que lea esta encíclica, la divulgue y la haga suya. Es una encíclica que forma parte de la Doctrina Social de la Iglesia y, por lo tanto, forma parte de la tarea evangelizadora en la que estamos empeñados, y con mucha fuerza. El Santo Padre nos dice que “es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos”.