La gran tarea de enfrentar emocionalmente la pandemia

La irrupción de la pandemia del COVID-19 no sólo ha provocado una apremiante crisis sanitaria, económica y social, sino que además ha afectado profundamente nuestro modo de vida, costumbres, emociones, y esperanzas para el futuro.

Por Pacián Martínez


De acuerdo a diagnósticos efectuados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la pandemia por COVID-19 ha provocado en la población global emociones tan complejas como el miedo, la angustia y el estrés. Los cambios en la vida cotidiana de las personas, tendientes a contener y evitar la propagación del virus, han implicado la adopción de medidas como el distanciamiento social, el teletrabajo, y la falta de contacto físico con la familia y los seres queridos. A todo ello se suma una grave crisis económica, traducida en desempleo y falta de perspectivas, que contribuye a ensombrecer el panorama, lo que ha afectado profundamente la salud mental de personas de distintos grupos etarios y condiciones socioeconómicas.

En Chile, las estadísticas en salud mental ya evidenciaban una realidad desalentadora en el período pre-pandemia. De acuerdo el médico psiquiatra Vicente Aliste, Jefe de Salud Mental del Hospital Las Higueras, de Talcahuano, entre un 20 a un 30 por ciento de la población presentaba síntomas vinculados a trastornos ansiosos, y un 10 por ciento mostraba cuadros depresivos. Respecto del número de suicidios, estamos en la parte alta de la tabla dentro de los países de la OCDE.

Una explicación para este panorama, explica el doctor Aliste, está dada por la baja asignación de recursos para cubrir el área de salud mental en el país. “Esto contrasta con lo que hacen países como Alemania, Gran Bretaña o Canadá, que toman un porcentaje mucho mayor del PIB para abordar esta problemática”, indica.

“El saber que son más vulnerables a esta enfermedad (los adultos mayores) se suma al hecho de que han debido estar aislados, sin mucho contacto con sus seres más cercanos y queridos. En mucho casos, incluso, se puede observar un deterioro cognitivo, producto del encierro”

Dr. Vicente Aliste, Jefe de Salud Mental del Hospital Las Higueras

Agrega que este cuadro tendió a agudizarse cuando apareció la pandemia del COVID-19, pues el foco se centró casi exclusivamente en el combate a los síntomas respiratorios, lo que dejó de lado las atenciones presenciales a pacientes con cuadros mentales. “Faltan controles médicos y de psicólogos, pues entre un 10 y un 20 por ciento de los pacientes presenta una reagudización de sus síntomas en situaciones de esta naturaleza. Los estudios muestran que ha aumentado el consumo de alcohol y de la automedicación vinculada al uso y abuso de ansiolíticos. Por otra parte, sabemos que un 60 por ciento de la población está experimentando trastornos del sueño”, recalca el doctor Aliste.

Los más afectados

Respecto de los grupos etarios más afectados, es categórico en señalar que los adultos mayores son los que han sufrido con mayor rigor los efectos de la pandemia y el confinamiento. “Ellos, en general, son personas informadas, que han vivido eventos traumáticos previos y que están más cerca de culminar su ciclo vital. El saber que son más vulnerables a esta enfermedad se suma al hecho de que han debido estar aislados, sin mucho contacto con sus seres más cercanos y queridos. En mucho casos, incluso, se puede observar un deterioro cognitivo, producto del encierro. Todo ello, sin duda, contribuye a que este período haya sido particularmente duro para ellos”, asegura el médico.

En segundo lugar están los niños, comenta el experto, que no pueden interpretar la realidad como los adultos, y generan emociones primarias, como el miedo y la rabia. “Luego hay un tercer grupo, entre los 40 y los 50 años de edad, aproximadamente, que comprende que hay que salir a trabajar, con todos los riesgos que ello implica en términos de susceptibilidad al contagio. Ello genera una fuerte emoción negativa”, subraya.

“Una característica particular que tiene la actual pandemia -por su duración y la incertidumbre respecto del tiempo que tardará en controlarse- es que perpetúa y patologiza las emociones negativas. En un terremoto o tsunami, asistimos a un evento que provoca un trauma acotado en el tiempo, que luego interpretamos. Sin embargo, con el coronavirus, que es una amenaza invisible hasta cierto punto, es diferente. En una primera etapa estamos viendo cuadros de ansiedad, angustia y nerviosismo, pero en el futuro, aun después de que aparezca una vacuna contra el virus, es factible que veamos también cuadros de depresión y estrés postraumático”, asevera.

Hasta antes del inicio de la pandemia en nuestro país, entre un 20 a un 30 por ciento de la población presentaba síntomas vinculados a trastornos ansiosos, y un 10 por ciento mostraba cuadros depresivos. Respecto del número de suicidios, estamos en la parte alta de la tabla dentro de los países de la OCDE

“Desgraciadamente, el ser humano tiende a disociarse y escindirse de aquellas experiencias traumáticas, de las que pudo obtener eventualmente valiosas enseñanzas. Ocurrió, por ejemplo, con la gripe española, a comienzos del siglo XX, que mató a millones de personas en todo el mundo. No quedó registro en el imaginario colectivo, que pudiera otorgarnos herramientas para enfrentar lo que vivimos ahora”, argumenta.

En cuanto a sus proyecciones para los meses y años venideros, el médico psiquiatra señala que el llamado es a cultivar la responsabilidad y solidaridad con el prójimo. “Esta pandemia ha hecho surgir, en muchísimos casos, lo mejor del ser humano. Pienso en los trabajadores de la salud, en los que han ido en ayuda de los demás, en los recolectores de basura y en tantos otros, cuyo ejemplo debe nutrirnos ahora y más adelante. Es verdad que hay opiniones dispares en relación a si emergeremos con un corazón renovado frente a lo que ocurre, pero destaco la actitud de entrega heroica de muchas personas, que muestran un camino esperanzador para el futuro”, finaliza.

El rol de los padres

Para Paulina Spaudo, psicóloga especializada en Infancia y Adolescencia, y docente de la Universidad San Sebastián, son los padres de la población infanto-juvenil quienes deben asumir una responsabilidad particularmente difícil. “Los adultos somos los encargados de regular el estrés y las emociones de nuestros hijos, situación que se suma a los deberes habituales que debemos cumplir y a las preocupaciones y problemas que ha traído esta pandemia”, señala.

“Los niños hasta los 3 años de edad, es decir, los que están en la primera infancia, son especialmente ‘buscadores’ de sus padres, y cuando ellos no están suficientemente presentes para atender sus necesidades, experimentan síntomas como irritabilidad, hiperactividad, e insomnio. Por su parte, los niños que están en la segunda infancia -aquella que va desde los 3 a los 6 años- estaban preparados para ir al jardín infantil o al colegio antes de que apareciera este virus y ahora deben permanecer muchas horas en sus hogares. Esta situación les provoca inquietud, cambios en el apetito, pérdida del control de la vejiga y un acercamiento excesivo a la tecnología. En muchos casos, los padres no pueden hacerse cargo de todas las demandas afectivas y emocionales de sus hijos”, explica.

La docente añade que, de acuerdo a estudios internacionales proporcionados por la organización estadounidense Red Nacional de Estrés Traumático Infantil, en los niños y adolescentes entre 6 y 18 años se suman otros síntomas, como la competencia en la atención de los padres, trastornos del sueño, pesadillas, dolores de cabeza y estómago, y evasión de las responsabilidades académicas. “Sin embargo, hay muchas cosas que podemos hacer, pese a la sobrecarga emocional que vivimos. No debemos olvidar que nosotros, los padres, somos modelos para nuestros hijos y la manera en que manejemos el estrés repercutirá en cómo ellos abordarán sus preocupaciones. En ese sentido, se debe mostrar paciencia y tolerancia, y hay que fomentar rutinas saludables, como el juego, la recreación, el ejercicio físico, el contacto con los seres queridos a través del teléfono o internet, limitar la exposición a los medios, y abordar el estigma y los prejuicios que ocurren durante el brote”, concluye.